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Reflexión para el Viernes Santo en la Pasión del Señor

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Viernes Santo, 3 de abril de 2015

570ea-brauliorodriguez03Partiendo del sentido de la justicia, que pasa por ser una de las  de la modernidad, ¿qué significa celebrar una muerte violenta, como la de Jesús, resultante de una crucifixión? Ésta, junto con la cremación y la condena a ser entregados a las bestias, era el castigo más horrible que preveía el derecho romano para traidores al Estado, sediciosos, grandes criminales y esclavos. “Mors turpissima crucis”: he aquí la muerte que murió Jesús.

¿Deberemos hacer memoria eterna de ella celebrándola o más bien olvidarla para siempre, como olvidamos los grandes errores y horrores, ahora que somos “tan civilizados y modernos”? La muerte de Jesús es un hecho, que hay que fijar con todo rigor histórico en su contexto y causas. Se trata de la muerte de alguien que pasó haciendo el bien; es también un signo, porque Jesús consumó su vida en el servicio, amor y perdón para quienes le entregaban; pero igualmente es un misterio, porque el que muere, Jesús, es el que se ha mostrado Hijo de Dios, que ha asumido nuestra historia, compartiéndola y remidiéndola desde dentro de ella.

Un Dios que decidió ser compañero de alianza del ser humano, compartiendo nuestro destino, sanándolo y abriéndolo a una vida indestructible. Lo que estamos diciendo, hermanos, es que Dios se ha hecho vulnerable como nosotros. La filosofía y otras religiones consideran a Dios inmutable, impasible y por eso lejos del hombre. El Dios cristiano, manifestado en Cristo, es el Dios humilde y vulnerable que acompaña al hombre hasta el final para compartir su historia e intercambiarla: yendo de su vida a nuestra muerte y llevándonos de nuestra muerte a su vida. ¡Dios vulnerable y vulnerado por el hombre, pero no anulado por él! Dios es siempre mayor.

Esto es lo que los cristianos veneramos en la muerte de Cristo: que la justicia suprema no es justiciera, sino que se ha revelado como misericordia; que a nuestras culpas Dios no ha reaccionado con la venganza, sino con el perdón. ¿Qué sería de nosotros sin la misericordia de Cristo? Pensadlo, hermanos, en esta tarde en que pedimos indulgencia y misericordia. Desde ella hemos descubierto el poder mortífero de la mentira, el egocentrismo, el odio, la venganza.

Con su perdón, sin embargo, Cristo ha desenmascarado nuestras culpas. Por eso la celebración de la pasión ha fascinado a los hombres y mujeres y han querido ser cofrades, costaleros, hermanos, caminando bajo el peso de los pasos. Quizá sin saber explicarlo muy bien, somos así conscientes del propio pecado, y lo confesamos sin palabras y acogiendo el perdón del Santo Cristo que no nos condena, pero que tampoco trivializa el mal y la culpa. Esa presencia pública en silencio o en tambores, en espectadores o en actores, no deja de ser una súplica de perdón y un gesto de acción de gracias.

Al mirar a Cristo en la cruz con los brazos abiertos vemos al que ha participado en nuestro dolor y nos asume en su resurrección. Por eso renunciar a la celebración de la pasión sería, hermanos, renunciar al signo supremo del amor de Dios, algo muy serio; sería negar nuestras culpas, renunciar a la confesión y al perdón, que son dos necesidades supremas del hombre. Reprimirlos es condenar al ser humano.

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