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Homilía del Card. D. Ricardo Blázquez Pérez en la Santa Misa con motivo de la peregrinación de los obispos españoles a Ávila en el Año Jubilar Teresiano

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blazquez24042015Sr. Card. D. RICARDO BLÁZQUEZ PÉREZ
Arzobispo de Valladolid
Presidente de la Conferencia Episcopal Española

Convento de Santa Teresa de Jesús, Ávila
Viernes 24 de abril de 2015

Hemos viajado desde Madrid, continuando la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal. La meta de nuestra peregrinación es Ávila, donde nació Santa Teresa de Jesús hace ahora 500 años. Estamos celebrando la Eucaristía en la iglesia que se levantó a pocos metros del lugar de su nacimiento. Ponemos nuestros trabajos y esperanzas ante la Santa que en sus tiempos recios se desvivió por forjar amigos fuertes de Dios. Su intercesión nos alienta en nuestra situación que reclama ante los desafíos pastorales una disponibilidad decidida y alegre para continuar el camino a que ella nos invitó en Alba de Tormes a punto de morir: “Es tiempo de caminar”.

Don Alonso Sánchez de Cepeda anotó el momento del nacimiento de su hija: “En miércoles veinte y ocho días del mes de marzo de quinientos e quince años nasció Teresa, mi fija, a las cinco horas de la mañana, media hora más o menos, que fue el dicho miércoles casi amaneciendo”. Teresa nació al rayar el día, el miércoles de Pasión, casi en el umbral de la celebración de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. En tiempo pascual, junto a la cuna de Teresa de Jesús nos abrimos a la esperanza viva a que hemos renacido por la resurrección de Jesucristo (cf. 1 Ped. 1, 3).

1.- Dios nos ha hecho felices con el regalo de Santa Teresa

“Dios ha amado a todo hombre por sí mismo” (Gaudium et spes 24); ha creado al ser humano, varón o mujer, a su imagen y semejanza y destinado a ser su hijo. Toda persona es un regalo de Dios. Nos debemos, como reconocimiento de esta dignidad, mutuo respeto, servicio y gratitud. Santa Teresa es un don excelente de Dios a la humanidad. Su persona, su vida y misión nos ha enriquecido a todos. Felicitándonos, hacemos fiesta al cumplir Teresa de Ahumada no sólo años sino también siglos. Con el nacimiento de Santa Teresa Dios ha estado grande con nosotros y estamos alegres; bendecimos a Dios y nos felicitamos nosotros. Ella vive eternamente feliz en la presencia de Dios. La memoria de Teresa está viva también entre nosotros; el paso del tiempo no la ha relegado al olvido, como a la mayor parte de los mortales. Las celebraciones del V Centenario son una ocasión para que su memoria que pervive en la Iglesia y en la humanidad se reanime, se enardezca y se convierta en gratitud y en docilidad a su insigne magisterio. Nos ha dejado una herencia preciosa: Su vida y su alma que hallamos en sus escritos; sus hijas e hijos en quienes tomó cuerpo y forma su obra reformadora; sus obras escritas en admirable español que son libro vivo, y no sólo narración o doctrina. La generosidad de Dios, que pronto acogió personalmente Teresa sin reservas, fue y continúa siendo un servicio inestimable al Evangelio, a la Iglesia y a la humanidad.

Lo recibido de Dios se hizo en Teresa misión fecunda. En su vida brilla tanto la gracia espléndida de Dios como su entrega generosa al Señor. No es extraño que se hayan multiplicado las iniciativas en el Centenario y que todas vayan encontrando una respuesta gratificante.

Nació Teresa el año 1515, coincidiendo prácticamente con el estallido de la reforma luterana. Estará inmersa entre los sufrimientos que ésta le produjo y el movimiento reformista católico del que nace y orienta el Concilio de Trento. ¡Cuántos santos reformadores conoció entonces nuestra historia! Además, se descubrió el mundo nuevo de América, ensanchándose el horizonte de la humanidad y la llamada a la evangelización. Fueron tiempos de gran efervescencia humana, espiritual, teológica, apostólica. Podemos afirmar que el nivel de la historia humana subió en España y por España. Escribió genialmente Santa Teresa que “humildad es andar en verdad”; pues bien, la humildad impulsa tanto a reconocer la verdad sin apocamiento como a testificarla valientemente.

A los cuarenta años de morir, el año 1622, fue canonizada Santa Teresa junto con San Felipe Neri, que había nacido como ella el año 1515. Santa Teresa –la Santa- siempre me ha sido familiar por razón de nacimiento y de lectura; y últimamente he entrado en relación especial con San Felipe Neri. En la reciente celebración del 14 de febrero, en el Consistorio de creación de nuevos cardenales, el Papa me ha asignado el título de la iglesia de Santa María in Vallicella, donde está enterrado San Felipe Neri. Fue canonizado junto con Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y San Isidro Labrador. Aunque me resulte ahora más cercano San Felipe Neri, no puedo menos de sonreír con el dicho ingenioso de los italianos de entonces: Hoy, 12 de marzo de 1622, ha sido canonizado un santo con cuatro españoles. Ha sido un acierto el que a los cinco, sin distinciones, se les haya dedicado una especie de retablo compartido fraternalmente en la Exposición organizada por la Fundación las Edades del Hombre en la sede de Alba de Tormes. Sólo por haber muerto en Alba se coloca en el centro a Teresa de Jesús.

Para Santa Teresa fue un duro contratiempo, que no ocultó, la publicación del Índice de Valdés del año 1558, que mandó retirar muchos libros en romance, ya que se vería privada de su lectura; ella “muy amiga de letras” y atenta a las personas que, en la comunión de la Iglesia, le hablaban de Dios con conocimiento teológico y con experiencia espiritual. A lo largo de su vida y en el cumplimiento de su misión agradeció los carismas existentes en la Iglesia. Jesús mismo consolaría a Teresa ofreciéndose como Libro vivo: “No tengas pena, que yo te daré libro vivo” (cf. Vida 26, 5), porque El es en persona la Palabra, el Amor, la Verdad y la Imagen de Dios. Pues bien, además de aprender Teresa leyendo el libro vivo que es Jesucristo, se convirtió ella para nosotros en libro donde palpita la vida. La experiencia de Fr. Luis de León, que editó por primera vez en Salamanca el año 1588 las Obras de Santa Teresa, a quien no había conocido personalmente, pero la hallaba viva en sus hijas y en sus escritos, la podemos tener nosotros. En sus escritos no sólo cuenta y enseña, sino también oímos su oración, nos impacta su testimonio y nos alienta en el camino de Dios. Con su pluma comunica tantas cosas y se comunica personalmente.

2.- El encuentro con Jesús sacó a Teresa del cansancio al camino

Nos ha advertido Teresa, contando lo que a ella le ocurrió, del peligro de la mediocridad. Ha experimentado la insatisfacción profunda, la fatiga, el marasmo, el descontento por su vida indecisa entre la entrega de Dios y la atracción del mundo. Durante un tiempo caminó como entre dos aguas, picoteando, ni estaba sentada a la mesa de Dios ni a la del mundo. Cuando estaba en un lugar ansiaba el otro y viceversa. Estaba cansada porque “coqueteaba con la mundanidad espiritual” (Papa Francisco en la Misa Crismal). Vivió un tiempo sin hallar el eje de su vida ni el centro unificador. La vida desganada, cansina, desmotivada, mediocre, sin pasión por Dios y por el Evangelio deja el corazón triste y vacío. Ir tirando, matar el tiempo, es desperdiciar la fuerza de la vida, produce pena y compasión. La insatisfacción y descontento en Teresa, mujer orante por vocación, se manifiestaban en la oración descuidada. En la experiencia de Teresa, que ella vivió algún tiempo y expresó con claridad, podemos vernos corregidos, identificados y determinados al sí decidido a Dios.

El encuentro personal con Jesucristo cambió radicalmente su vida. Dios la esperaba en una imagen de un Cristo muy llagado que la hizo pasar de la representación al Cristo real. Ella describió la impresión que le produjo: “Pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no le dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá, a guardar, que se había buscado para una cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal; porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle” (Vida 9, 1). La imagen de Cristo quedó como esculpida en el alma de Teresa; nunca pudo olvidarla.

Este estremecimiento de todo su ser fue para Teresa como una conversión. La conversión de María Magdalena y de San Agustín le proporcionaron la clave para interpretar lo acontecido. El encuentro con Jesucristo va a cambiar su vida y le va a descubrir el lugar y el sentido de Jesucristo en nuestra relación con Dios: Es el Hijo encarnado, la Palabra única, la Sacratísima Humanidad, el Amigo que nunca falla, el Camino para encontrar al Padre, la puerta de la salvación y de la revelación. Ella está tan segura en la mediación insustituible de Jesús en todo el itinerario del hombre a Dios que se siente capaz de defender esta convicción cristiana incluso con teólogos.

El cambio experimentado por Teresa fue como el amanecer de un tiempo nuevo. Ha cambiado el horizonte de su vida. Pasó del cansancio por no hacer nada a la dedicación incondicional en medio de trabajos, persecuciones, viajes, incertidumbres; como Pablo describió sus trabajos por el Evangelio (cf. 2 Cor. 11, 23-33), pudo Teresa en sus Cartas y Fundaciones informar de los propios. Si antes estaba desganada para todo, ahora el celo por la gloria de Dios y la salvación de los hombres le quema el alma. A veces nuestros cansancios proceden no de los trabajos sino de las inapetencias. “Sólo el amor descansa” (Papa Francisco).

Hemos escuchado en la primera lectura uno de los relatos de la conversión de Saulo (Act. 9, 1-20; cf. 22, 5-16 y 26, 9-18). De celoso perseguidor del Camino, es decir de la comunidad de discípulos del Señor, se convirtió por el encuentro con Jesús mientras caminaba, en ardiente evangelizador, elegido para ser mensajero del Nombre del Señor ante los paganos. Teresa, después del encuentro con el Cristo muy llagado mostró también una disponibilidad sin reservas: “Vuestra soy, para Vos nací./ ¿Qué mandáis hacer de mí?”. San Pablo que traía siempre en sus labios y en su vida a Jesucristo fue para Teresa un ejemplo luminoso. Leamos también en esta clave las Confesiones de San Agustín.

En las páginas escritas por Teresa el amor a Jesucristo, la pasión por la verdad, el celo por cumplir la misión recibida, la radicación en la humildad son conmovedoras. En ella nada es mortecino ni apagado. Si no tomamos la vida en su peso y en su desafío, no hallaremos la felicidad; no tendremos realmente vigor y esperanza para vivir, para trabajar, para sufrir, para morir. Es penoso arrastrar la carga diaria sin una fuente interior que refresque, purifique, ilumine, fortalezca y haga fecunda la vida. Teresa pudo enseñarnos el deseo apasionado del encuentro con el Señor porque experimentó el vacio de su pérdida. El abismo del vacío se mide a la luz de la plenitud y viceversa. A nuestra generación nos dice Teresa que el malestar de nuestra cultura tiene que ver con el desconocimiento de Dios.

3.- Maduración de Teresa a través de la oración

El trato personal y amigable con Dios va conduciendo a Teresa. “En la oración el Señor da luz para entender las verdades” (Fundaciones, 10, 13). En ella el amor de Dios ha sacado amor. Siente algo inefable que se le torna irresistible: Dios la castiga con mercedes, es decir, a nuestra mezquindad el Señor responde con signos mayores de misericordia. Quizá tengamos la sensación de pensar que Teresa exagera cuando pondera sus pecados; pero nuestra inclinación a tal sospecha puede manifestar probablemente tanto el desconocimiento del sentido del pecado como el gozo del perdón y de la comunión con Dios.

Si desde esta perspectiva volvemos la mirada a la parábola del “hijo pródigo” o del “padre bueno”, podemos quizá concluir humanamente que en estricto derecho y rigurosa justicia el hijo mayor de la parábola tenía razón; pero el Padre bueno tenía razones en su corazón para restituir con el gozo desbordante de la fiesta al pródigo en la condición de hijo; y al hermano mayor, cumplidor y justiciero, el Padre le recuerda la satisfacción de estar siempre con él viviendo en su casa. En el “per-dón” se ofrece un don reduplicativo. Dios mismo se hace nuevamente gracia para el pecador, que por su abundante misericordia desborda las relaciones de justicia rotas para abrir al perdonado a un futuro insospechado de esperanza y de paz. De cara a la Asamblea próxima del Sínodo de los Obispos no planteemos la relación entre la justicia y la misericordia como dos realidades abstractas, sino contemplemos cómo en Jesús actúan la justicia y la misericordia del Padre Dios (cf. Papa Francisco, Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. Misericordiae vultus, 20-21, 11 de abril de 2015).

Teresa es una monja contemplativa, a quien la Iglesia le ha reconocido el título de doctora, ser maestra de oración. (cf. Pablo VI declaró a Santa Teresa doctora de la Iglesia el día 27 de septiembre de 1970). La figura de Teresa es poliédrica, ya que desde muchos lados puede ser admirada; pero el centro de su vida y misión es la oración cristiana. Su vocación fue la oración y su misión consistió en enseñar, escribir, fundar, recorrer caminos, testificar lo que la oración significa en el seguimiento de Jesús. La oración se sitúa en el dinamismo de seguimiento del Señor, y nos introduce en el misterio vivificador de la Santísima Trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Jesús enseñó a sus discípulos a orar, mostrando su especificidad en relación con la oración de los fariseos, de Juan el Bautista o de los paganos. En cuanto cristianos oramos a Dios como nuestro “Abbá”, por medio de Jesucristo su Hijo, en el Espíritu Santo. Porque Dios es nuestro Padre, la oración que nos enseñó el Señor se dirige confiadamente al Padre en el ámbito de la fraternidad. No podemos rezar “Padre nuestro” desconfiando de Dios ni enemistados entre nosotros.

4.- Oración y amor

La oración auténticamente cristiana alimenta el amor de Dios y de los hermanos. Un buen conocedor de Santa Teresa ha escrito a propósito de las Moradas del Castillo interior, obra cumbre de la literatura mística, “es un libro de oración que enseña a amar”. La oración debe fructificar en buenas obras; no es un ensimismamiento autocomplaciente. La oración no es una ocupación de aristócratas del espíritu, sino necesidad de los indigentes que buscan a Dios. El test de la auténtica oración no es la alta elucubración del pensamiento ni la sensibilidad de los sentimientos, sino el amor humilde y servicial. La sustancia de la perfecta oración “no está en pensar mucho, sino en amar mucho” (Fundaciones5, 2) “Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras” (Séptimas Moradas 4, 6).

¿No necesitamos, como Santa Teresa en su tiempo, rescatar la palabra amor de las realidades que le han robado el nombre? “¿Habíase de poder encubrir un amor tan fuerte como el de Dios, fundado sobre tal cimiento, teniendo tanto qué amar y tantas causas por qué amar?. En fin, es amor y merece este nombre, que hurtado se le deben tener acá las vanidades del mundo” (Camino de Perfección70, 2). ¿Es amor genuino lo que llamamos amor? El amor verdadero se mide por la capacidad de sufrimiento real a la persona amada. Pues bien, de la hondura de la comunicación con Dios en la oración paciente, confiada y humilde brota incesantemente el amor verdadero en un proceso constante de purificación y de transparencia. ¡A cuántas personas pacientes y sencillas el amor las ha hecho serenas, gozosas y transparentes! “Esto quiero yo, mis hermanas, que procuremos alcanzar, y no para gozar, sino para tener estas fuerzas para servir, deseemos y nos ocupemos en la oración; no queramos ir por camino no andado, que nos perdamos al mejor tiempo; y sería bien nuevo pensar tener estas mercedes de Dios por otro que el que El fue y han sido todos sus santos; no nos pase por pensamiento. Creedme que Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor” (Séptimas Moradas, 4, 12).

El amor es el fundamento de la persona y de la comunidad. La unidad en la comunidad, si arraiga en la humildad, venciendo la vanagloria, será sólida. El orgullo dispersa; la humildad unifica en fraternidad. Son palabras las siguientes de Pablo: “Dadme esta alegría: Manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás” (Fil. 2, 2-4). Esta forma de comportamiento se fundamenta en Cristo modelo de vida. El amor, que tiene su origen en Dios que nos amó primero (cf. 1 Jn. 4, 19), en Jesucristo que nos amó hasta la cruz (cf. Jn. 13, 1) y en su Espíritu que lo derrama en nuestros corazones (cf. Rom. 5, 5) es la fuerza unificadora de las comunidades fundadas por Teresa de Jesús. El amor humilde, pobre, paciente y alegre caracteriza el estilo de vida del Carmelo teresiano.

5.- Oración apostólica

La oración en santa Teresa, a la que inicia a sus hermanas, es oración apostólica. No hay en la reforma de Teresa compartimentos estancos: Por una parte la vida contemplativa, simbolizada por María, y por otra la vida activa, significada por Marta. Para Teresa las dos hermanas deben andar unidas. Oración y actividad evangelizadora se alimentan mutuamente en el corazón de la Iglesia. El Papa Francisco ha convocado a la Iglesia a una etapa nueva de evangelización partiendo del encuentro con Jesucristo, que derrama gozo en la vida y el corazón de sus fieles y los envía bajo el signo de la alegría a evangelizar, a llevar buenas noticias con la palabra, las obras y la vida a todas las periferias del mundo. Justamente en esta onda emitía también Santa Teresa. La oración, que cultiva el encuentro con el Señor, debe traducirse en el dinamismo apostólico para llevar a todos la noticia de que Dios nos quiere y de que lejos de Dios nos desviamos y vagamos sin sentido.

Nuestro Señor Jesucristo se hace presente entre nosotros, ya que estamos reunidos en su nombre y para cumplir su encargo. Nos ha hablado como amigos en la Palabra proclamada. En la comunión sacramental será nuestra “verdadera comida” y nuestra “verdadera bebida” (cf. Jn. 6, 52-59). La corriente de vida eterna que procede del Padre llega hasta nosotros a través de Jesús su Hijo, entregado por nosotros y resucitado que no vuelve a morir. El es el Pan de la vida eterna. En la casa de Teresa de Jesús todo lo relacionado con Jesús de Teresa tiene una particular resonancia en nosotros. Amén.

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