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Resumen de la Carta Pastoral del Arzobispo de Toledo para el Curso 2015-2016

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braulio-rodriguez-plaza17 de septiembre de 2015.– Tres son los aspectos sobre los que reflexiona el Sr. Arzobispo de Toledo y Primado de España, Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza, en su Carta Pastoral en el comienzo del Curso 2015-2016: la necesidad de conocer mejor y de llevar a la práctica la Doctrina Social de la Iglesia, como exigencia de la dimensión social de la acción evangelizadora, la urgencia de un mayor compromiso en el desarrollo de una ecología integral, a partir de la encíclica Laudato si’ del Papa Francisco, y la propuesta de una renovación tanto personal como comunitaria en el contexto del Jubileo Extraordinario de la Misericordia.

TEXTO COMPLETO: «Hago nuevas todas las cosas» (Ap 5, 21). Carta Pastoral para el Curso 2015-2016

Así, el Sr. Arzobispo pretende mostrar en su escrito diversas «posibilidades de acción para un cambio de mentalidad en el ámbito de la tarea eclesial de la transformación del mundo según Dios, en la vivencia de la caridad y del mandamiento nuevo de Jesús». En este sentido, «la doctrina social de la Iglesia aparece como una contribución al diálogo y la acción social en nuestro mundo, tantas veces alejado de los problemas reales de la gente» (n. 51).

Pero, en este sentido, es necesario, además, constatar que, «cuando se trata de exhortar al apostolado, a la acción pastoral de cada católico y de la comunidad cristiana», hay que tener en cuenta que «nada podemos hacer sin Cristo, sin su gracia, sin la vida de cada uno que nace del Espíritu Santo». Por eso el Sr. Arzobispo señala que«no estamos ante un programa social y, mucho menos, político que busca una acción social». En definitiva, se trata de que asumamos, «ante todo, que el Señor ha tenido también misericordia de nosotros y nos ha amado antes que nosotros le amáramos» (n. 52), porque «la misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros» y porque «como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así hemos nosotros de ser misericordiosos con los demás» (n. 53).

Los fundamentos de la vida social

La Carta Pastoral del Sr. Arzobispo para este nuevo curso, cuyo título se inspira en el versículo 5 del capítulo 21 del libro del Apocalipsis, consta de una introducción y cuatro capítulos, a los que sigue un epílogo. La pregunta sobre qué mundo queremos dejar a los niños que están creciendo, formulada por el Papa Francisco en su encíclica, da pie a la primera observación del escrito: «No se trata de ser ecologistas que mueven cielo y tierra por salvar el entorno de ésta o aquella especie en peligro de extinción. No nos preocupa únicamente la desastrosa situación del planeta en que vivimos en tantos ámbitos que acarreará consecuencias no precisamente agradables» (n. 1).

De este modo, la Carta pretende colocar «en primer plano el debate sobre los fundamentos de la vida social; también la dimensión social de le evangelización, en primer lugar en la familia y en nuestras comunidades cristianas». Por eso se pregunta «qué ayuda podemos aportar al mundo, a nosotros mismos y a nuestros hijos ante tan hondas preocupaciones que nos interpelan a todos: el yihadismo terrorista, la persecución de los cristianos, la radicalización del escenario político, la desorientación moral de nuestra sociedad, la caridad y el descarte de los más pobres (los ancianos, enfermos y discapacitados, etc.), el hambre, la paz y la guerra» (n. 3). Ante esta situación, la propuesta del Sr. Arzobispo es «esforzarnos para que esta situación cambie en nuestra vida personal y en la de nuestras comunidades cristianas» (n. 4).

Razones para un olvido

En el capítulo primero, «Razones para un olvido», el Sr. Arzobispo comienza recordando que la nueva evangelización no consiste solo en «reforzar la intensidad en el anuncio del Evangelio». Juan Pablo II con esta llamada nos estaba recordando algo más profundo, «algo siempre olvidado o, al menos, poco profundizado y que originaba cierta desazón, sospecha y rechazo en sacerdotes y comunidades cristianas: predicar y vivir el aspecto social de la fe, la acción social en favor de los más pobres, la preferencia por ellos. Era, en la práctica, el olvido de una de las grandes acciones de la Iglesia: la caridad, la transformación de la realidad, la lucha contra la injusticia porque Cristo nos hizo hermanos y, aunque lejos de un igualitarismo imposible, es preciso ‘nivelar’» (n. 6).

Don Braulio entiende, según afirma en su escrito, que «en catequesis, sobre todo de iniciación cristiana, se insistía, y se insiste en esta gran acción de la Iglesia con un tono de baja intensidad, cuando las tres grandes acciones eclesiales (Palabra, Liturgia y Caridad) nacen todas del Evangelio» (n. 7). En cierto modo, esta situación está producida porque a veces se ha entendido que «trabajar por una buena sociedad civil basada en virtudes cristianas no fuera con la vida espiritual de los seguidores de Cristo». «Parecía –afirma– que era mejor no «entrar en política», como si participar en la vida pública de nuestra sociedad significara bajar a la arena de la lucha partidista. Preferíamos estar en un aparente campo ‘más nuestro’: la vida espiritual de los miembros de nuestras parroquias» (n. 8).

En este sentido, el Sr. Arzobispo afirma que «lo preocupante para mí es que tengamos una visión de la vida cristiana un tanto reduccionista, como si la persona de Jesucristo y su seguimiento afectase únicamente a la parte ‘espiritual’ de nuestro yo. Es una dicotomía que nos hace mucho daño, que nos paraliza». Pero «no es aceptable esta manera de entender la vida cristiana», precisa (n. 9).

Así pues, concluye este primer capítulo, «el kerigma o lo esencial en el anuncio de la fe cristiana tiene ineludiblemente un contenido sociocaritativo», porque «en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros» (n. 11).

Conocer para amar

En el capítulo segundo, que titula «Conocer para amar», don Braulio realiza un breve resumen de la Doctrina Social de la Iglesia, a partir del Compendio elaborado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz. Se trata de presentar el «material que desde la Secretaría para la coordinación del Plan Pastoral se ha preparado como formación para grupos cristianos en el curso pastoral 2015-2016».

Tras recordar el magisterio pontificio formulado en las encíclicas sociales de Juan Pablo II y Benedicto XVI, el Sr. Arzobispo explica que «la doctrina social católica tiene también, por supuesto, el valor de instrumento de evangelización», porque en ella «se pone en relación la persona humana y la sociedad con la luz del Evangelio». En este sentido constata que «resulta paradójico que muchos católicos militantes en partidos políticos parecen tener complejos o se ruborizan cuando, ante problemas reales concretos a los que hay que dar solución, se les muestran principios de DSI y no los ponen en práctica, porque creen que la política es otra cosa». Y esto «es otro ejemplo de hasta dónde llega la dicotomía entre«lo espiritual» y la vida real» (n. 14).

Recuerda también don Braulio que la fe cristiana« lleva a su plenitud el significado de la familia» (n. 15), y que «ilumina también la dignidad del trabajo» (n. 16). «El mundo del trabajo, profundamente modificado por las modernas conquistas tecnológicas, ha alcanzado niveles extraordinarios de calidad, pero desafortunadamente registra también formas inéditas de precariedad, de explotación e incluso de esclavitud, aún en las mismas sociedades ‘opulentas’, que hoy lo son menos, tras la crisis económica que padecen países como el nuestro», recuerda.

En este contexto, «todas estas cuestiones sociales, culturales, de justicia y solidaridad cristiana atañen sobre todo a los fieles laicos, llamados, como recuerda el Concilio Vaticano II, a ocuparse de las realidades temporales ordenándolas según Dios» (n. 19). De este modo, «si la dimensión social de la evangelización no está debidamente explicitada, siempre se corre el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral que tiene la misión evangelizadora. El anuncio explícito del Evangelio ya hemos convenido en que tiene un contenido ineludiblemente social, de modo que hasta el contenido de ese primer anuncio encierra una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad. Negar esta evidencia y actuar como ‘paganos’, sin poner en juego la moral social no es de cristianos» (n. 20).

Doctrina Social de la Iglesia

En el tercer capítulo don Braulio afirma que «el Evangelio dona salvación y libertad auténtica también en los asuntos temporales». En él presenta el contenido del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Con unas palabras de Juan Pablo II en la encíclica «Redemptoris misio», afirma que «solo en el nombre del Señor Jesús se da al hombre la salvación; Él vino precisamente para traer la salvación integral». Desde este hecho, la Carta mantiene que «sin estar convencidos de esta verdad, es muy difícil que nos decidamos a anunciar el Evangelio hasta que éste influya también en los asuntos que llamamos temporales; nos quedaríamos en ‘lo espiritual’, que llevaría a una cierta alienación o intimismo» (n. 24).

Pero recuerda también el Sr. Arzobispo que «a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, nuestros compañeros de viaje, la Iglesia ofrece también su doctrina social», porque «no es para los católicos únicamente» (n. 25).

Después, tras constatar que la situación mundial exige actuar con celeridad (n. 26), se pregunta «para cuándo el progreso orientado al verdadero bien de la humanidad de hoy y de mañana» (n. 27) y explica que« el Compendio vale como un instrumento para el discernimiento moral y pastoral de los complejos acontecimientos que cada día vivimos en nuestro tiempo; en el ámbito personal y comunitario es también una guía que inspire los comportamientos y nuestras opciones». «Pero, sobre todo, –añade– el Compendio puede dar ocasión de diálogo con todos aquellos que, en nuestra sociedad plural, desean sinceramente el bien del hombre» (n. 28).

En este sentido, la Carta Pastoral afirma que «sería una verdadera irresponsabilidad no conocer esta doctrina social de la Iglesia y quejarnos, tal vez, de ‘lo mal que están las cosas’; tampoco me parece aceptable dejar a la comunidad política todo el quehacer social de la sociedad en la que estamos. Tenemos los cristianos una tarea que nadie va a hacer por nosotros, de modo que contribuyamos con nuestra reflexión y nuestra actuación moral a mejorar nuestro mundo, junto a las aportaciones de otros grupos de esta sociedad civil».

Un nuevo momento

En el cuarto capítulo el Primado realiza un comentario de la encíclica del Papa Francisco sobre el cuidado de la casa común que constituye «un nuevo momento» de la enseñanza de la doctrina social de la Iglesia. En ella, el Papa «nos está invitando el Papa a considerar la relación tan cercana que existe entre los pobres y la fragilidad del planeta, pues en nuestro mundo todo está conectado; es preciso buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología».

«Quienes más han criticado la encíclica del Papa –constata–no han considerado estos aspectos de los problemas medioambientales y le han acusado de buscar soluciones en políticas de izquierdas o de atacar la economía de mercado, orientándose hacia la teología, como si ésta fuera un salto irracional de la fe en problemas técnicos. Hay aquí ignorancia o tergiversación interesada. Olvidan que la ciencia teológica es una forma especial de conocimiento que, en el caso cristiano, ha de conjugar razón y revelación. Pero además olvidan la responsabilidad de la política internacional y local y la propuesta que hace Francisco de un nuevo estilo de vida» (n. 33).

Desde la constatación de esta realidad, el Sr. Arzobispo recuerda, por tanto, que «es importante, pues, comprender la raíz de esa invitación hacia una ecología humana del Papa, una ecología de la vida cotidiana que nos afecta a todos. En realidad nos está invitando a tomar decisiones valientes, esto es, nuevos estilos de vida, marcados por la sobriedad, la solidaridad y la capacidad de compartir». Por eso el escrito formula algunas preguntas a las que es necesario dar una respuesta: «¿Hay algo de este nuevo estilo de vida en nuestros hogares, en nuestro entorno vital? ¿Se acostumbrarán las nuevas generaciones a esa sobriedad, cuando hemos alcanzado hábitos tan arraigados en niños, adolescentes y jóvenes de un consumismo muy poco respetuoso con los recursos de la tierra? ¿Estamos libres los adultos de semejantes prácticas? Es necesario un examen de conciencia serio».

Y para ello, es necesario vivir el evangelio de la creación, aunque «la verdad es que los católicos hoy hablamos poco de la creación tanto en catequesis o grupos de adultos como en la predicación». Conviene, por tanto, explicar el sentido teológico de los textos bíblicos que hablan de ella, porque «no basta decir que la Biblia es un libro religioso y no se le puede pedir un conocimiento ‘científico’ de la realidad» (n. 38).

«Lo fundamental aquí –concluye– es que Dios confía al hombre la guarda y el cuidado de la creación» (n. 41). Por eso«adentrándonos en ese ‘Evangelio de la creación’, el Papa recuerda que la realidad no es simplemente ‘naturaleza’, sino criatura: esto significa que las cosas no son nunca mera materia que manipular. La realidad tiene, pues, siempre el carácter de un don. Por eso el Santo Padre recuerda que la vida se altera cuando dejamos de reconocernos como criaturas. Las narraciones bíblicas sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: con Dios, con el prójimo y con la tierra, que con tanta frecuencia se rompen dentro de nosotros. También hoy el consumismo compulsivo parece exigir indebidamente ‘de las cosas’ lo que en su pequeñez no nos pueden dar» (n. 42).

Una herencia común

La razón última de esta ecología integral de la que habla el Papa es que «el fin de la marcha del universo está en la plenitud de Dios, que ya ha sido alcanzado por Jesucristo resucitado, eje de la maduración universal, de manera que el fin de las demás criaturas no somos nosotros; todos avanzamos hacia el término común, que es Dios». Por eso «todo lo que estamos diciendo de lo creado, la creación, las criaturas y, sobre todo, del hombre tiene unas consecuencias prácticas, que el Papa Francisco no olvida: la tierra es una herencia común cuyos frutos deben beneficiar a todos. Lo cual se convierte para los creyentes en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos» (n. 46).

Cambio de mentalidad

En los últimos números de la Carta Pastoral, el Sr. Arzobispo reitera que «nos preocupa, sin duda la situación de la humanidad en los momentos concretos que vivimos», por eso explica que con este escrito pretende proponer «posibilidades de acción para un cambio de mentalidad en el ámbito de la tarea eclesial de la transformación del mundo según Dios, en la vivencia de la caridad y del mandamiento nuevo de Jesús. La doctrina social de la Iglesia aparece como una contribución al diálogo y la acción social en nuestro mundo, tantas veces alejado de los problemas reales de la gente» (n. 51).

Pero naturalmente, es preciso también recordar que es necesario«aludir a una dimensión irrenunciable cuando se trata de exhortar al apostolado, a la acción pastoral de cada católico y de la comunidad cristiana: nada podemos hacer sin Cristo, sin su gracia, sin la vida de cada uno que nace del Espíritu Santo. Quiero decir que no estamos ante un programa social y, mucho menos, político que busca una acción social. Esos programas pueden ser muy provechosos ante la pobreza y los ‘descartes» que padecen tantos de nuestros hermanos. Pero no es éste el propósito de nuestra Carta pastoral» (n. 51).

Por eso el Sr. Arzobispo advierte también de que «si únicamente pretendiéramos presentar un programa de acción, pudiera ser que nosotros, los católicos toledanos, cayéramos en la trampa de ‘cumplir’ sin más. Se trata de asumir, ante todo, que el Señor ha tenido también misericordia de nosotros, y nos ha amado antes que nosotros lo amáramos» (n. 52).

En el Año Santo de la Misericordia

Tras recordar que«la misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros», don Braulio explica que «como el Padre ama, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así hemos nosotros de ser misericordiosos con los demás. He ahí, a mi entender, la razón del anuncio de un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia y así se haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes» (n. 53).

Así pues, en los números finales de su Carta Pastoral para este año, el Sr. Arzobispo comenta el sentido del Año Santo de la Misericordia que comenzará el próximo 8 de diciembre y se refiere a algunos de los contenidos de la bula de convocatoria. «Las obras de misericordia serán prueba y examen para conocer si vivimos o no como discípulos de Jesucristo», afirma. Y añade: «Serán también un buen aprendizaje práctico en el propósito de conocer y vivir la doctrina social de la Iglesia en este curso pastoral».

(Archidiócesis de Toledo)

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