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Palabras del Santo Padre Francisco al rezo del Ángelus Domini (13.03.2016)

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Domingo 13 de marzo de 2016

V DOMINGO DE CUARESMA

Queridos hermanos y hermanas:

E Gesù è messo in questa situazione.

El Evangelio de este V Domingo de Cuaresma (cfr Jn 8, 1-11) es tan hermoso, a mi me gusta tanto leerlo y releerlo. Nos presenta el episodio de la mujer adúltera, poniendo en el centro el tema de la misericordia de Dios, que nunca quiere la muerte del pecador, pero que se convierta y viva. La escena ocurre en la explanada del Templo. Jesús está enseñando a la gente, y de repente llegan algunos escribas y fariseos que arrastran delante de él a una mujer sorprendida en adulterio. Aquella mujer se encuentra así en medio de Jesús y de la multitud (cfr v. 3), entre la misericordia del Hijo de Dios y la violencia, la rabia de sus acusadores. En realidad esos no fueron al Maestro para pedirle su opinión -era gente mala-, sino para tenderle una trampa. De hecno, si Jesús seguirá la severidad de la ley, aprobando la lapidación de la mujer, perderá su fama de mansedumbre y bondad que tanto fascina al pueblo; si en cambio querrá ser misericordioso, deberá ir contra la ley, que Él mismo dijo no quería abolir sino dar plenitud (cfr Mt 5, 17). Y Jesús se puso en esta situación.

Esta mala intención se esconde bajo la pregunta que le plantean a Jesús: «Tú, ¿qué dices?» (v. 5). Jesús no responde, se calla y cumple un gesto misterioso: «inclinándose, escribía con el dedo en el suelo» (v. 7). Quizás hacía dibujos, algunos  dicen que escribía los pecados de los fariseos… sin embargo, escribía, era como si estuviese  en otro lado. De esta manera invita a todos a la calma, a no actuar en la onda de la impulsividad, a buscar la justicia de Dios. Pero aquellos malvados insisten y esperan de él una respuesta. Entonces Jesús levanta la mirada y les dice: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra» (v. 7). Esta respuesta desorienta a los acusadores, los desarma a todos en el verdadero sentido de la palabra: todos depusieron las “armas”, o sea las piedras listas para ser arrojadas, sea aquellas visibles contra la mujer, sean aquellas escondidas contra Jesús. Y mientras el Señor sigue escribiendo en la tierra, hace dibujos, no se sabe…, los acusadores se van uno después del otro, comenzando por los más ancianos que eran más conscientes de no estar sin pecado. ¡Qué bien nos hace tener consciencia de que también nosotros somos pecadores! Cuando hablamos mal de los otros -todas estas cosas que todos nosotros conocemos bien-, qué bien nos hará tener el coraje de hacer caer al piso las piedras que tenemos para arrojarle a los otros y pensar a nuestros pecados.

Se quedaron allí solos la mujer y Jesús: la miseria y la misericordia, una delante de la otra. Y esto cuantas veces nos sucede a nosotros delante del confesionario, con vergüenza, para hacer ver nuestra miseria y pedir perdón. «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?» (v. 10), le dice Jesús. Y basta esta constatación, y su mirada llena de misericordia y lleno de amor, para hacer sentir a aquella persona –quizás por la primera vez– que tiene una dignidad, que ella no es su pecado, que ella tiene una dignidad de persona; que puede cambiar su vida, puede salir de sus esclavitudes y caminar en una vía nueva.

Queridos hermanos y hermanas, aquella mujer nos representa a todos nosotros, que somos pecadores, o sea adúlteros delante de Dios, traidores a su fidelidad. Y su experiencia representa la voluntad de Dios para cada uno de nosotros: no nuestra condena, sino nuesta salvación a través de Jesús. Él es la gracia que salva del pecado y de la muerte. Él ha escrito en el suelo, en el polvo del que está hecho cada ser humano (cfr Gén 2, 7), la sentencia de Dios: “No quiero que tu mueras, sino que tú vivas”. Dios no nos clava a nuestro pecado, no nos identifica con el mal que hemos cometido. Tenemos un nombre y Dios no identifica este nombre con un pecado que hemos cometido. Nos quiere liberar y nosotros también lo queramos junto a Él. Quiere que nuestra libertad se convierta del mal al bien, y esto es posible, es posible con su gracia.

La Virgen María nos ayude a confiarnos completamente a la misericordia de Dios, para convertirnos en criaturas nuevas.


Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

O saludo a todos vosotros, provenientes de Roma, de Italia y de diversos países, en particular a los peregrinos de Sevilla, Friburgo (Alemania), Innsbruck y del Ontario (Canadá).

Saludo a los voluntarios de la Casa “Mater Dei” de Vittorio Veneto. Saludo a los numerosos grupos parroquiales, entre los cuales a los de fieles de Boiano, Potenza, Calenzano, Zevio y Agrópoli. Así como a los jóvenes de tantas partes de Italia: no puedo nombrar a todos, pero recuerdo a aquellos de Compiobbi e Mozzanica, a los de la Acción Católica de la diócesis de Latina-Terracina-Sezze-Priverno, a los recién confirmados de Scandicci y de Milán-Lambrate.

Y ahora quiero renovar el gesto de regalar a los presentes un Evangelio de bolsillo. Se trata del Evangelio de Lucas, que leemos en los domingos de este año litúrgico. El librito lleva como título: “El Evangelio de la Misericordia de San Lucas”; de hecho el evangelista reporta las palabras de Jesús: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (6, 36), del cual fue tomado el tema de este Año Jubilar. Será distribuido gratuitamente por los voluntarios del Dispensario Pediátrico Santa Marta del Vaticano, por algunos ancianos y abuelos de Roma. ¡Cuánto mérito tienen estos abuelos y abuelas que transmiten la fe a los nietos! Invito a tomar este Evangelio y a leer un párrafo cada día; así la misericordia del Padre habitará vuestro corazón y podréis llevarla a todos los que os encuentréis. Y al final, en la página 123, están las siete obras de misericordia corporales y las siete obras de misericordia espirituales. Sería hermoso aprenderlas de memoria, para que sea más fácil hacerlas. Os invito a tomar este Evangelio, para que la misericordia del Padre se vuelva obra en los aquí presentes. Y los voluntarios, abuelos y abuelas que distribuis el Evangelio, pensad también a la gente que se ha quedado en la Plaza Pio XII, -porque no lograron entrar- para que ellos también reciban este Evangelio.

Os deseo a todos un buen domingo. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mi. Buon pranzo e arrivederci!


Traducción de Iglesiaactualidad a partir del texto original en italiano distribuido por la Oficina de Prensa de la Santa Sede. Citas bíblicas tomadas de Sagrada Biblia. Versión Oficial de la Conferencia Episcopal Española.

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