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Si Cristo no resucitó, nosotros tampoco resucitaremos

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Viernes 16 de septiembre de 2016

Homilía del Santo Padre Francisco
Viernes de la XXIV semana del Tiempo Ordinario

Si Cristo no ha resucitado, tampoco nosotros lo haremos. Es lo que nos dice hoy la Primera Carta de San Pablo a los Corintios (15,12-20). De hecho, cuando rezamos el Credo, la última parte la solemos decir un poco de prisa, porque nos da miedo pensar en el futuro, en la resurrección de los muertos.

Para nosotros es fácil entrar en la lógica del pasado, porque es concreta, igual que es fácil entrar en la lógica del presente, porque lo vemos. En cambio, cuando miramos al futuro, entonces creemos que es mejor no pensar. No es fácil entrar en la totalidad de esa lógica del futuro. La lógica de ayer es fácil; la lógica del hoy es fácil; la lógica del mañana es fácil: ¡todos moriremos! Pero la lógica del pasado mañana, ¡esa es difícil! Y es lo que Pablo quiere anunciar hoy: la lógica del más allá. ¿Cómo será? ¿­Cómo será eso? La resurrección. Cristo ha resucitado. Cristo resucitó, y está muy claro que no resucitó como un fantasma. En el pasaje de Lucas sobre la resurrección, dice: palpad y ved; porque un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo (Lc 24,39). Tocadme. Dadme de comer. La lógica del más allá es la lógica en la que entra la carne.

Nos preguntamos cómo será el cielo, si estaremos todos allí, pero no llegamos a lo que Pablo quiere que entendamos, la lógica del más allá. Y aquí nos traiciona un cierto gnosticismo cuando pensamos que será todo espiritual, y nos da miedo la carne. No olvidemos que esa fue la primera herejía, que el Apóstol Juan condena: quien dice que el Verbo de Dios no ha venido en carne es del Anticristo (cfr. 2Jn 7). Tenemos miedo de aceptar y llevar a sus últimas consecuencias la carne de Cristo. Es más fácil una piedad espiritualista, una piedad etérea; pero entrar en la lógica de la carne de Cristo, eso es difícil. Y esa es la lógica del más allá. Nosotros resucitaremos como resucitó Cristo, con nuestra carne.

Los primeros cristianos se preguntaban cómo había resucitado Jesús. Pues precisamente en la fe de la resurrección de la carne, tienen su raíz más profunda las obras de misericordia, porque hay un vínculo continuo. Además, San Pablo subraya con fuerza que todos seremos transformados (1Cor 15,51), nuestro cuerpo y nuestra carne serán transformados.

El Señor se dejó ver y tocar e incluso comió con los discípulos después de la resurrección. Y esa es la lógica del más allá, la que tenemos dificultad de entender, en la que tenemos dificultad de entrar. Es un signo de madurez comprender bien la lógica del pasado, y es un signo de madurez moverse en la lógica del presente: la de ayer y la de hoy. Es también un signo de madurez tener la prudencia de ver la lógica del mañana, del futuro. Pero hace falta una gracia grande del Espíritu Santo para entender esa lógica del más allá, después de la transformación, cuando Él venga y nos lleve a todos por las nubes, trasformados, para quedarnos siempre con Él. Pidamos al Señor la gracia de esta fe. Que así sea.

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