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La vanidad es la osteoporosis del alma

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fran28052015.jpgJueves 22 de septiembre de 2016

Homilía del Santo Padre Francisco
Jueves de la XXV semana del Tiempo Ordinario

El Evangelio del día (Lc 9,7-9) presenta al rey Herodes inquieto porque, después de haber matado a Juan el Bautista, ahora se siente amenazado por Jesús. Estaba preocupado igual que su padre, Herodes el Grande, después de la visita de los Magos. Existe en nuestra alma la posibilidad de tener dos inquietudes: la buena, que es la inquietud que nos da el Espíritu Santo y hace que el alma esté inquieta por hacer cosas buenas, y está la inquietud mala, la que nace de una conciencia sucia. Los dos Herodes resolverán sus inquietudes matando, pasando por encima de los cadáveres de la gente. Son los que han hecho tanto daño, los que hacen el mal y tienen la conciencia sucia, y no pueden vivir en paz, porque viven con un prurito continuo, con una urticaria que no los deja en paz… Esa gente ha hecho el mal, pero el mal siempre tiene la misma raíz —cualquier mal—: la codicia, la vanidad y el orgullo. Y ninguno de los tres te deja la conciencia en paz; ninguno de los tres deja entrar la sana inquietud del Espíritu Santo, sino que te llevan a vivir así: inquietos, con miedo. Codicia, vanidad y orgullo son la raíz de todos los males.

La primera Lectura de hoy, del Eclesiastés (1,2-11), habla de la vanidad. ¡La vanidad que nos hincha! La vanidad que no tiene larga vida, porque es como una pompa de jabón. La vanidad que no nos da una verdadera ganancia. “¿Qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol?”. Se afana en mostrarse, en fingir, en aparentar. Eso es la vanidad. Si queremos decirlo sencillamente: la vanidad es maquillar, falsear la propia vida. Y eso enferma al alma, porque uno adorna su vida para aparecer, para aparentar, y todo lo que hace es para fingir, por vanidad. Pero al final, ¿qué gana? La vanidad es como una osteoporosis del alma: los huesos por fuera parecen buenos, pero por dentro están completamente arruinados. La vanidad nos lleva al engaño.

Los estafadores marcan sus cartas para ganar, pero su victoria es falsa, no es de verdad. Eso es la vanidad: vivir para fingir, vivir para aparecer, vivir para aparentar. Y eso inquieta al alma. San Bernardo dice unas palabras fuertes a los vanidosos: “Piensa en lo que serás. Serás pasto de los gusanos. Y todo ese maquillarte la vida es una mentira, porque te comerán los gusanos y no serás nada”. ¿Dónde está la fuerza de la vanidad? Empujados por la soberbia hacia la maldad, no permiten que se vea un error, lo tapan todo, todo se oculta. Cuánta gente conocemos que aparenta: ¡Qué buena persona! Va a Misa todos los domingos. Hace generosos donativos a la Iglesia. Eso es lo que se ve, pero la osteoporosis es la corrupción que llevan dentro. Hay gente así —¡pero también hay gente santa!— que hace eso. La vanidad es eso: te hace aparentar con cara de santo, pero luego tu verdad es otra. ¿Y dónde está nuestra fuerza y nuestra seguridad, nuestro refugio? Lo hemos leído en el salmo responsorial: “Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación” (Sal 89,1). Y, antes del Evangelio, hemos recordado las palabras de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Antífona del aleluya). Esa es la verdad, y no el maquillaje de la vanidad. Que el Señor nos libre de esas tres raíces de todos los males: la codicia, la vanidad y el orgullo. Pero sobre todo de la vanidad, que nos hace tanto daño. Que así sea.

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