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El cristiano necesita hacerse pequeño para este mundo

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francisco_audiencia

7 de diciembre de 2016.- La audiencia general de esta mañana se ha celebrado a las 9.45 horas en el Aula Pablo VI donde el Santo Padre Francisco se ha encontrado con grupos de peregrinos y fieles provenientes de Italia y de todas las partes del mundo.

En el discurso en italiano el Papa ha iniciado un nuevo ciclo de catequesis sobre el tema de la esperanza cristiana (cfr Is 40, 1-2a.3-5).

Tras haber resumido su catequesis en diversos idiomas, el Santo Padre ha dirigido saludos particulares a los grupos de fieles presentes. Después ha dirigido un llamamiento con motivo de las Jornadas promovidas por Naciones Unidas contra la corrupción (9 de diciembre) y a favor de los derechos humanos (10 de diciembre).

La audiencia general ha concluido con el canto del Pater Noster y la Benedición Apostólica.

Catequesis del Santo Padre
[texto original: italiano – traducción: Iglesiaactualidad]

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Comenzamos hoy una nueva serie de catequesis, sobre el tema de la esperanza cristiana. Es muy importante, porque la esperanza no defrauda. ¡El optimismo defrauda, la esperanza no! Tenemos tanta necesidad, en estos tiempos que parecen oscuros, donde a veces nos sentimos perdidos frente al mal y la violencia que nos rodea, frente al dolor de tantos hermanos nuestros. ¡Necesitamos esperanza! Nos sentimos perdidos y desanimados, porque nos sentimos impotentes y nos parece que esta oscuridad no se acabe nunca.

Pero no hay que dejar que la esperanza nos abandone, porque Dios con su amor camina con nosotros. “Yo espero, porque Dios camina conmigo”: podemos decirlo todos. Cada uno de nosotros puede decir: “Yo espero, tengo esperanza, porque Dios camina conmigo”. Camina y me lleva de la mano. Dios no nos deja solos. El Señor Jesús ha vencido al mal y nos ha abierto el camino de la vida.

Y ahora, en particular, en este tiempo de Adviento, que es tiempo de espera, en el que nos preparamos para dar la bienvenida una vez más al misterio consolador de la Encarnación y de la luz de la Navidad, es importante reflexionar sobre la esperanza. Dejémonos enseñar por el Señor lo que quiere decir esperar. Escuchemos pues las palabras de la Sagrada Escritura, iniciando con el profeta Isaías, el gran profeta del Adviento, el gran mensajero de la esperanza.

En la segunda parte de su libro, Isaías se dirige al pueblo con un anuncio de consolación:

«Consolad, consolad a mi pueblo
—dice vuestro Dios—;
hablad al corazón de Jerusalén,
gritadle,
que se ha cumplido su servicio,
y está pagado su crimen […]».
Una voz grita:
«En el desierto preparadle
un camino al Señor;
allanad en la estepa
una calzada para nuestro Dios;
que los valles se levanten,
que montes y colinas se abajen,
que lo torcido se enderece
y lo escabroso se iguale.
Se revelará la gloria del Señor,
y verán todos juntos
—ha hablado la boca del Señor—» (40,1-2.3-5).

Dios Padre consuela suscitando consoladores, a los que pide que alienten a su pueblo, a sus hijos, anunciando que la tribulación ha terminado, que el dolor se ha acabado, y el pecado ha sido perdonado. Esto es lo que cura el corazón angustiado y asustado. Por eso el profeta llama a preparar el camino del Señor, abriéndonos a sus dones y a su salvación.

La consolación, para el pueblo, comienza con la posibilidad de caminar en la vía de Dios, un camino nuevo, justo y accesible, un camino para preparar en el desierto, así para poderlo atravesar y regresar a la patria. Porque el pueblo al que se dirige el profeta estaba viviendo, en aquel tiempo, la tragedia del exilio en Babilonia, y ahora en cambio escucha que podrá regresar a su tierra, a través de un camino grato y extenso, sin valles y montañas que hacen cansado el camino, un sendero llano en el desierto. Preparar este camino quiere decir preparar un camino de salvación y de liberación de cualquier obstáculo o tropiezo.

El exilio fue un momento dramático en la historia de Israel, cuando el pueblo había perdido todo. El pueblo había perdido la patria, la libertad, la dignidad, e incluso la confianza en Dios. Se sentía abandonado y sin esperanza. Pero, he aquí la llamada del profeta que vuelve a abrir el corazón a la fe. El desierto es un lugar donde es difícil vivir, pero justo allí ahora se podrá caminar no sólo para volver a la patria, sino para volver a Dios, para volver a esperar y a sonreír. Cuando estamos en la oscuridad, en las dificultades no sonreímos, es justamente la esperanza la que nos enseña a sonreír para encontrar el camino que lleva a Dios. Una de las primeras cosas que les pasa a las personas que se separan de Dios es que no sonríen. Quizás puedan reírse a carcajadas, una detrás de otra, un chiste, una risotada… pero les falta la sonrisa. La sonrisa la da solamente la esperanza: es la sonrisa de la esperanza de encontrar a Dios.

La vida es a menudo un desierto, es difícil caminar por ella, pero si confiamos en Dios puede convertirse en bello y amplio como una autopista. Basta que  no se pierda nunca la esperanza, basta que sigamos creyendo, siempre, a pesar de todo. Cuando nos encontramos frente a un niño, aunque tengamos problemas y dificultades, nos sale una sonrisa, porque tenemos delante a la esperanza: ¡un niño es una esperanza! Y así tenemos que ver en la vida el camino que nos lleva a encontrarnos con Dios, Dios que se hizo niño por nosotros. Y que hace que sonriamos, que nos dará todo.

Justamente estas palabras de Isaías son usadas después por Juan el Bautista en su predicación que invita a la conversión. Decía así: «Voz del que grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”» (Mt 3,3). Es una voz que grita donde parece que ninguno pueda escuchar -pero, ¿quién puede escuchar en el desierto?- que clama en el extravío debido a la crisis de fe. No podemos negar que el mundo hoy está en crisis de fe. Se dice: “Yo creo en Dios, soy cristiano” – “Yo soy de esa religión…” Pero tu vida está muy lejos de ser cristiana, está muy lejos de Dios. La religión, la fe, ha caído en una expresión: “¿Yo creo?” – “Sí”. Pero de lo que se trata aquí es de volver a Dios, de convertir el corazón a Dios y recorrer ese camino para encontrarlo. Él nos espera. Esta es la predicación de Juan Bautista: preparar. Preparar el encuentro con este Niño que nos devolverá la sonrisa. Los israelitas, cuando el Bautista anuncia la venida de Jesús, se consideran todavía en el exilio, porque bajo el dominio romano, se sienten como extranjeros en su propia tierra, gobernados por ocupantes poderosos que deciden de sus vidas.

Pero la verdadera historia no es la que escriben los poderosos, sino aquella hecha por Dios junto con sus pequeños. La verdadera historia –aquella que quedará en la eternidad– es aquella que escribe Dios con sus pequeños: Dios con María, Dios con Jesús, Dios con José, Dios con los pequeños. Aquellos pequeños y simples que encontramos alrededor de Jesús que nace: Zacarías e Isabel, ancianos y marcados por la esterilidad; María, joven muchacha virgen prometida como esposa a José; los pastores, que eran despreciados y no contaban nada. Son los pequeños, hechos grandes por su fe, los pequeños que saben continuar esperando. Y la esperanza es una virtud de los pequeños. Los grandes, los satisfechos no conocen la esperanza; no saben lo qué es.

Son ellos, los pequeños con Dios, con Jesús los que transforman el desierto del exilio, de la soledad desesperada, del sufrimiento, en un camino llano sobre el cual caminar para ir al encuentro de la gloria del Señor. Y llegamos a la conclusión: dejémonos enseñar por la esperanza. Esperemos confiados la llegada del Señor, y cualquiera que sea el desierto de nuestras vidas -cada uno sabe en qué desierto camina- se convertirá en un jardín florido. ¡La esperanza no defrauda!

Síntesis y saludo en español

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy comenzamos una nueva serie de catequesis sobre la esperanza cristiana. En esta primera reflexión, el profeta Isaías nos invita a llevar el consuelo de Dios a nuestros hermanos. Isaías le está hablando a un pueblo en el exilio y le presenta la posibilidad de regresar a su hogar, que en definitiva es volver a Dios. Para ello hay que eliminar los obstáculos que nos detienen, preparar un camino llano y ancho, un camino de liberación y esperanza que se extiende por el desierto.

San Juan Bautista, retomando las palabras de Isaías, nos llama a la conversión, para que abramos un camino de esperanza en nuestros corazones.

El cristiano necesita hacerse pequeño para este mundo, como lo fueron los personajes del Evangelio de la infancia: María y José, Zacarías e Isabel, los pastores. Eran insignificantes para los grandes y poderosos de entonces, pero sus vidas estaban llenas de esperanza, abiertas a la consolación de Dios.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Pidamos al Señor la gracia de trasformar el desierto de nuestra vida, de nuestro sufrimiento y de nuestra soledad, en un camino llano que nos lleve al encuentro con el Señor y con los hermanos. Dios los bendiga.

* * *

Dirijo un saludo particular a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. El tiempo litúrgico de Adviento es una ocasión de gracia particular para reflexionar sobre nuestro camino al encuentro del Señor. Que la Virgen María de la que celebramos mañana la Inmaculada Concepción sea el modelo para la preparación interior a la Navidad, de modo que el corazón de cada uno se convierta en la cuna que acoge al Hijo de Dios, rostro de la misericordia del Padre, con la escucha de su palabra, las obras de caridad fraternal y la oración.

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