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Homilia del Papa Francisco en la Solemnidad de la Bienaventurada Virgen de Fátima con el Rito de Canonización de los beatos Francisco Marto y Jacinta Marto


Atrio del Santuario de Fátima

Sábado 13 de mayo de 2017

Homilía

«Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol», dice el vidente de Patmos en el Apocalipsis (12,1), señalando además que ella estaba a punto de dar a luz a un hijo. Después, en el Evangelio, hemos escuchado cómo Jesús le dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27). Tenemos una Madre, una «Señora muy bella», comentaban entre ellos los videntes de Fátima mientras regresaban a casa, en aquel bendito 13 de mayo de hace cien años. Y, por la noche, Jacinta no pudo contenerse y reveló el secreto a su madre: «Hoy he visto a la Virgen». Habían visto a la Madre del cielo. En la estela de luz que seguían con sus ojos, se posaron los ojos de muchos, pero…estos no la vieron. La Virgen Madre no vino aquí para que nosotros la viéramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condición de que vayamos al cielo, por supuesto. (más…)

Vigilia pascual en la noche santa. Homilía del Papa Francisco

Basílica Papal de San Pedro, Vaticano

Sábado 15 de abril de 2017

Homilía

«En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro» (Mt 28, 1). Podemos imaginar esos pasos…, el típico paso de quien va al cementerio, paso cansado de confusión, paso debilitado de quien no se convence de que todo haya terminado de esa forma… Podemos imaginar sus rostros pálidos… bañados por las lágrimas y la pregunta, ¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?

A diferencia de los discípulos, ellas están ahí —como también acompañaron el último respiro de su Maestro en la cruz y luego a José de Arimatea a darle sepultura—; dos mujeres capaces de no evadirse, capaces de aguantar, de asumir la vida como se presenta y de resistir el sabor amargo de las injusticias. Y allí están, frente al sepulcro, entre el dolor y la incapacidad de resignarse, de aceptar que todo siempre tenga que terminar igual.

Y si hacemos un esfuerzo con nuestra imaginación, en el rostro de estas mujeres podemos encontrar los rostros de tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes que resisten el peso y el dolor de tanta injusticia inhumana. Vemos reflejados en ellas el rostro de todos aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata. En ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas. Ellas son el rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien. Ellas, en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad.

En el rostro de estas mujeres, están muchos rostros, quizás encontramos tu rostro y el mío. Como ellas, podemos sentir el impulso a caminar, a no conformarnos con que las cosas tengan que terminar así. Es verdad, llevamos dentro una promesa y la certeza de la fidelidad de Dios. Pero también nuestros rostros hablan de heridas, hablan de tantas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas fallidas. Nuestro corazón sabe que las cosas pueden ser diferentes pero, casi sin darnos cuenta, podemos acostumbrarnos a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración. Más aún, podemos llegar a convencernos de que esa es la ley de la vida, anestesiándonos con desahogos que lo único que logran es apagar la esperanza que Dios puso en nuestras manos. Así son, tantas veces, nuestros pasos, así es nuestro andar, como el de estas mujeres, un andar entre el anhelo de Dios y una triste resignación. No sólo muere el Maestro, con él muere nuestra esperanza.

«De pronto tembló fuertemente la tierra» (Mt 28, 2). De pronto, estas mujeres recibieron una sacudida, algo y alguien les movió el suelo. Alguien, una vez más salió, a su encuentro a decirles: «No teman», pero esta vez añadiendo: «Ha resucitado como lo había dicho» (Mt 28, 6). Y tal es el anuncio que generación tras generación esta noche santa nos regala: No temamos hermanos, ha resucitado como lo había dicho. «La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo» (cfr R. Guardini, El Señor). El latir del Resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El latir del Resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad. Con la Resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino que quiere también hacer saltar todas las barreras que nos encierran en nuestros estériles pesimismos, en nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena.

Cuando el Sumo Sacerdote y los líderes religiosos en complicidad con los romanos habían creído que podían calcularlo todo, cuando habían creído que la última palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos establecerla, Dios irrumpe para trastocar todos los criterios y ofrecer así una nueva posibilidad. Dios, una vez más, sale a nuestro encuentro para establecer y consolidar un nuevo tiempo, el tiempo de la misericordia. Esta es la promesa reservada desde siempre, esta es la sorpresa de Dios para su pueblo fiel: alégrate porque tu vida esconde un germen de resurrección, una oferta de vida esperando despertar.

Y eso es lo que esta noche nos invita a anunciar: el latir del Resucitado, Cristo Vive. Y eso cambió el paso de María Magdalena y la otra María, eso es lo que las hace alejarse rápidamente y correr a dar la noticia (cf. Mt 28, 8). Eso es lo que las hace volver sobre sus pasos y sobre sus miradas. Vuelven a la ciudad a encontrarse con los otros.

Así como ingresamos con ellas al sepulcro, los invito a que vayamos con ellas, que volvamos a la ciudad, que volvamos sobre nuestros pasos, sobre nuestras miradas. Vayamos con ellas a anunciar la noticia, vayamos… a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución. Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos.

Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar.

Santa Misa “in Coena Domini” en la Cárcel de Paliano


13  de abril de 2017.- A las 15 horas de esta tarde, Jueves Santo, el Santo Padre Francisco ha abandonado Santa Marta para dirigirse a la Cárcel de Paliano (Provincia de Frosinone y diócesis de Palestrina).

A su llevada, entorno a las 16.00 horas, el Papa se ha reunido con los detenidos. Después  ha presidido la celebración de la Misa in Coena Domini, inicio del Triduo Pascual.

Durante el Rito el Santo Padre ha lavado los pies a 12 detenidos, entre los que se encontraban tres mujeres y un musulmán que será bautizado en junio, un argentino, un albanés y el resto italiano. Entre ellos, dos están condenados a cadena perpetua y todos los demás debe terminan sus penas entre 2019 y 2073.

En la misa, después de la lectura del Evangelio, que narra cuando Jesús lava los píes a sus apóstoles y la traición de Judas, el Papa ha señalado: Jesús estaba en la última cena, sabñia que había llegado su hora, que había sido traicionado y que Judas lo iba a entregar esa noche.

En la homilía transmitida en diferida por Radio Vaticano, el Pontífice añadió que Jesús “habiendo amado a los suyos los amó hasta el final”, porque “Dios ama así, da la vida por cada uno de nosotros, y quiere esto”. Y no es fácil, reconoció, porque somos todos pecadores, tenemos límites defectos, no sabemos amar, “no somos como Dios que ama sin mirar las consecuencias y hasta el final” dijo.

Y para hacer ver esto, “él que era el jefe, que era Dios, le lava los pies a los discípulos”. Era una costumbre de la época antes de las comidas explicó el Pontífice; porque no había asfalto y la gente llegaba con los pies empolvados. Era uno de los gestos, “pero esto lo hacían los esclavos. Jesús invierte y lo hace él, él”.

“Simón no quería hacerlo, pero Jesús le explicó que era así. Que que vino al mundo para servir, para hacerse esclavo por nosotros, para amar hasta el final”.

El Santo Padre comentó así, que llegando a la cárcel vio en el camino a gente que saludaba y decía: ‘Es el jefe de la Iglesia’. “No bromeemos, el jefe de la Iglesia es Jesús”. Y añadió: “Yo quiero hacer lo mismo que él hace”. Como el párroco que lava los pies a los fieles, para sembrar amor entre nosotros.

No les digo que hoy se laven los pies ente ustedes, sería una broma, dijo. Sino que el lavatorio “es el símbolo, una figura. Si pueden dar una ayuda, un servicio a un compañero, es como lavar los pies. Es hacerse siervo de los otros”.

Francisco recordó que “una vez los discípulos discutían sobre quien era el más importante. Y Jesús les dijo: el que quiera ser el más importante tiene que volverse el servidor de todos”. “Es lo que hace Dios con nosotros” reiteró, porque “él nos ama”.

Concluyó señalando que “no es una ceremonia folclórica, es un gesto para recordar lo que nos ha dado Jesús”. Y que “después tomó el pan y nos dio su cuerpo, tomó el vino y nos dio su sangre”, porque “así es el amor de Dios”, dijo. “Pensemos solamente al amor de Dios”.

En la visita que realizó en la cárcel, el clima era muy familiar. Los presos prepararon algunos platos típicos e incluso pintaron la fuente central del  patio de la cárcel con los colores amarillo y blanco del Vaticano.

El Sucesor de Pedro visitó también a algunos enfermos de tuberculosis en un reparto especial y a dos personas recluidas en régimen de aislamiento.  “Entrando en la cárcel de Paliano el Papa ha entrado en todas las cárceles del mundo”, señaló Don Marcos, el párroco de otra prisión, al comentar la visita.

Santa Misa Crismal en la Basílica Vaticana

Texto completo de la homilía y síntesis

13 de abril de 2017.– A las 9.30 horas de hoy, Jueves Santo, el Santo Padre Francisco ha presidido, en la Basílica Vaticana, la Santa Misa Crismal, liturgia que se celebra este día en todas las catedrales.

La Misa Crismal ha sido concelebrada por el Santo Padre junto a los cardenales, obispos y presbíteros (diocesanos y religiosos) presentes en Roma.

Durante la Celebración Eucarística, los sacerdotes han renovado las promesas realizadas el día de su ordenación; después ha tenido lugar la bendición del oleo de los enfermos, del oleo de los catecúmenos y del crisma.

Ofrecemos a continuación la homilía que el Papa ha pronunciado tras la proclamación del Santo Evangelio:

Homilía del Santo Padre

TEXTO COMPLETO: Homilía del Santo Padre Francisco en la Misa Crismal

Breve síntesis de la homilía

El Santo Padre, en su homilía durante la Misa Crismal, recordó que “al igual que Jesús, el sacerdote hace alegre al anuncio con toda su persona. Cuando predica la homilía, lo hace con la alegría que traspasa el corazón de su gente con la Palabra con la que el Señor lo traspasó a él en su oración. Como todo discípulo misionero, el sacerdote hace alegre el anuncio con todo su ser”.

En su homilía, el Pontífice recordó que, Jesús fue ungido por el Espíritu Santo para anunciar la Buena Notica a los pobres. “Todo lo que Jesús anuncia, y también nosotros, sacerdotes, precisó el Papa, es Buena Noticia. Alegre con la alegría evangélica: de quien ha sido ungido en sus pecados con el aceite del perdón y ungido en su carisma con el aceite de la misión, para ungir a los demás”. Como todo discípulo misionero, agregó el Obispo de Roma, el sacerdote hace alegre el anuncio con todo su ser.

En este sentido, la Buena Noticia puede parecer una expresión más, entre otras, para decir Evangelio – afirmó el Papa Francisco – como buena nueva o feliz anuncio. Sin embargo, dijo, contiene algo que cohesiona en sí todo lo demás: la alegría del Evangelio. “La Buena Noticia es la perla preciosa del Evangelio. No es un objeto, es una misión. La Buena Noticia nace de la Unción. La primera, la gran unción sacerdotal de Jesús, es la que hizo el Espíritu Santo en el seno de María”. La Buena Noticia. Una sola Palabra – Evangelio – que en el acto de ser anunciado se vuelve alegre y misericordiosa verdad. Por ello, advirtió el Pontífice, que nadie intente separar estas tres gracias del Evangelio: su Verdad – no negociable –, su Misericordia – incondicional con todos los pecadores – y su Alegría – íntima e inclusiva –.

La Iglesia no tiene poder, riqueza o armas, solamente tiene una fuerza que es Jesucristo

12 de abril de 2017.- El arzobispo de Valencia, cardenal D. Antonio Cañizares Llovera, aseguró ayer que “la Iglesia no tiene poder, riqueza o armas, solamente tiene una fuerza que es Jesucristo que lo ha dado todo y ha resucitado por amor para el perdón y la reconciliación de todos para la paz”.

En la Misa que celebró en la Catedral por todas las víctimas cristianas de los atentados terroristas en Egipto y también por todas las otras víctimas de otras religiones el Cardenal aseguró que “la Iglesia está siendo perseguida en estos últimos cien años”. “Cuántos miles de cristianos, simplemente por el hecho de serlo, han muerto asesinados”, explicó.

Al respecto, se refirió al informe de Ayuda a la Iglesia Necesitada sobre libertad religiosa y manifestó que “en estos momentos cada año son más de siete mil muertos cristianos asesinados y la comunidad internacional no grita, no hace prácticamente nada y los medios de comunicación están mudos, dan la noticia y basta”.

“Esto es signo de esa cristianofobia que está caracterizando los últimos tiempos entre nosotros y el mismo hecho de no hacer nada para evitar esta situación está denotando que hay una persecución muy generalizada y se querría que los cristianos desapareciesen”, añadió.

Asimismo, aseguró que “nos reunimos además para orar por el cese de tanto odio y violencia que impregna nuestra sociedad, por ejemplo, esa violencia que viene y obliga a tantos a emigrar de sus pueblos con pateras que se traga el mediterráneo y también la violencia doméstica sufrida hasta el asesinato de una pobres mujeres en diversos lugares de nuestro país y la violencia que sufren niños”.

A continuación afirmó que “hoy celebramos la eucaristía y le pedimos a Dios que se apiade de nosotros y nos conceda esa paz que necesitamos tantísimo todos los hombres, que es signo de los cristianos, que además caracteriza la vida conforme a Cristo y da felicidad”. “Dichosos los que trabajan por la paz, muchas veces no podemos hacer otra cosa que orar, hagámoslo por la paz en otros muchos lugares de la tierra”, aseguró.

Por otro lado, al inicio de la homilía explicó que “nos reunimos esta tarde para orar por las víctimas de los atentados en Egipto, Londres, Estocolmo y en tantos otros lugares”. “Nos reunimos para orar por la paz, especialmente en Siria, tan rota de manera tan despiadada y brutal, incluso con la utilización de armas químicas con tantas muertes y personas dañadas físicamente con sus efectos destructivos, tan amenazadores para la paz mundial”, destacó.

El Cardenal afirmó que “también tenemos en cuenta en nuestra oración a nuestra querida Venezuela que tan cruel como injusta y brutalmente está siendo tratada por la tiránica dictadura que la rige, pisoteando derechos humanos fundamentales”.

A continuación aseguró que “no pueden dejarnos indiferentes todos estos actos y por esto nuestra participación en esta eucaristía es una manera de decir nuestro no más absoluto”.

La Misa fue concelebrada por el Cabildo Catedralicio y por los obispos auxiliares Mons. D. Javier Salinas Viñals, Mons. D. Arturo Ros Murgadas y Mons. D. Esteban Escudero Torres.

(AVAN)

Salid a pastorear y buscad a quien aún no está con nosotros. Complicarnos la vida nace de haber sido ungidos


11 de abril de 2017.- El arzobispo de Madrid, cardenal D. Carlos Osoro Sierra, ha celebrado este Martes Santo por la mañana la tradicional Misa Crismal con su presbiterio, en la que «se consagra el Santo Crisma y bendice los demás óleos», manifestando así la «comunión de los presbíteros con el propio obispo» (OGMR, 203).

En su homilía, el cardenal Osoro les ha recordado que han sido «ungidos» y que tienen que dar gloria a Jesucristo abriéndole la puerta a Él y así a todos los hombres, «a todos los que Él ama, tal y como nos decía el Evangelio: a los pobres, a los descarriados, a los pecadores… Toda persona, sea quien sea, es un hijo de Dios». Al hacerlo se cierra a «ídolos» como «el halago fácil, la gloria mundana, las concupiscencias, el poder, la riqueza, la crítica fácil y destructiva de personas, con la división que engendra y que no da a conocer los pensamientos de Dios, sino los nuestros», amenazando «la comunión y la unidad».

«Hermanos sacerdotes –ha abundado–, abrid las puertas al Señor. No se las cerréis. Abrid las puertas de vuestro corazón y las puertas de las iglesias. […] Salid a pastorear y buscad a quien aún no está con nosotros. Complicarnos la vida nace de haber sido ungidos. […] El ministerio nos debe alejar de toda indiferencia, de cualquier comodidad o interés personal para así estar al servicio de nuestro pueblo. Somos enviados a servir, y a servir con coraje. Y para ello es necesaria la vida de comunión con Cristo, cultivada, vivida».

Hacer un «trasplante de mente»

El purpurado ha invitado a los numerosos sacerdotes congregados en la catedral de Santa María la Real de la Almudena a hacer un «trasplante de mente» y pensar como Jesucristo. Las claves para hacerlo son: «ser imagen del Buen Pastor», «vivir una entrega apasionada», y «estar siempre al servicio de los hombres, llenos de misericordia».

Según ha explicado, deben estar «enamorados de Cristo», ya que «solamente un sacerdote así puede renovar la comunidad cristiana». «El Buen Pastor es imagen del Padre que va en búsqueda de todos sus hijos. […] El Espíritu y la unción que hemos recibido nos convierten en personas generosas y creativas, felices en el anuncio y en el servicio misionero. Nos vuelven comprometidos con la realidad que día a día nos reclama, y nos hacen capaces de encontrar significado a todo lo que nos toque hacer por la Iglesia y por el mundo. Tenemos un don, se nos ha regalado por gracia un don. No somos gestores. Quién vive el ministerio como gestor, cae en el funcionalismo. Ser imagen del Buen Pastor, nos lleva a vivir una espiritualidad centrada en la escucha de la Palabra de Dios, en la celebración diaria de la Eucaristía. La Eucaristía tiene que ser mi vida, y mi vida, una Eucaristía prolongada todo el día. Asumir el mandamiento del amor como estilo de vida del propio Jesús, con compasión entrañable ante el dolor humano, ante los pobres, con un espíritu de servicio hasta el don de la vida: tu vida, tu tiempo, todo para ser misionero, de tal manera que la plenitud de la vida afectiva tenga su expresión en la caridad pastoral», ha desgranado.

Al estar «configurados con el corazón del Buen Pastor» –ha subrayado– los sacerdotes vivirán «al servicio de la vida y, por ello, atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los más débiles y promoviendo la cultura del encuentro, del diálogo y de la solidaridad»; así como «con misericordia, experimentada por cada uno de nosotros en la celebración del sacramento de la penitencia, y disponibles siempre para celebrar el sacramento de la reconciliación, que en definitiva es volverse cercanos».

InfoMadrid

El obispo de Córdoba a sus sacerdotes: “estoy muy contento de vosotros, me siento muy a gusto con vosotros”

11 de abril de 2017.- Esta mañana ha tenido lugar la celebración de la Misa Crismal en la Santa Iglesia Catedral de Córdoba, presidida por el obispo de la diócesis, Mons. D. Demetrio Fernández González, quien estuvo acompañado por Mons. Carlo María Viganò, anterior nuncio apostólico de Su Santidad en Estados Unidos, y Mons. D. Mario Iceta Gavicagogeascoa, obispo de Bilbao, al que el prelado de la Diócesis le dirigió un afectuoso saludo indicándole que “estás en tu casa”.

El Obispo, antes de consagrar el santo Crisma, reflexionó en la homilía sobre tes puntos importantes a tener en cuenta en esta celebración: el protagonismo del Espíritu Santo, el encuentro diocesano de laicos y la renovación de las promesas sacerdotales del clero presente en la Diócesis.

D. Demetrio señaló que “la Misa Crismal trae hoy por la virtud de los sacramentos esa unción de Cristo hasta nosotros, concretándola sensiblemente en el santo Crisma, que es consagrado en esta Misa, como una fuente interminable de gracia para tantas personas que serán ungidas a lo largo del año. Serán ungidos los que se bautizan, serán ungidos especialmente los que se confirman, serán ungidos los ordenados (presbíteros u obispos), serán ungidos los altares que vayan a ser consagrados y los templos que sean dedicados. La unción con el santo Crisma será la expresión eficaz de que el Espíritu Santo empapa todo lo que toca, impregnándolo de su gracia y del perfume de la gracia. Y esta unción de Cristo se prolonga en su esposa la Iglesia, un Pueblo sacerdotal. Junto al santo crisma son bendecidos el óleo de los catecúmenos para fortalecernos en la lucha contra Satanás y el óleo de los enfermos para unir el dolor humano al sufrimiento redentor de Cristo en favor de su Iglesia”.

El obispo de Córdoba recordó a los “miles y miles de fieles laicos” convocándolo al Encuentro diocesano de laicos para el 7 de octubre próximo. “Tengo la esperanza de que este encuentro suponga un impulso de los fieles laicos en nuestra diócesis de Córdoba, tan rica en vida eclesial en tantos aspectos. Hemos de buscar cada vez más la formación de tales fieles laicos, en sus distintos ámbitos, la corresponsabilidad en la vida de la Iglesia a todos los niveles (participación en los consejos pastorales de parroquia o en la administración de los bienes temporales) y la inserción en el mundo, característica tan propia del estado laical, para ser fermento en el mundo. En el campo de la familia y de la vida, en el mundo del trabajo, en el ámbito de la cultura y en la presencia de la vida pública, incluido el compromiso político”.

Y dirigiéndose a los sacerdotes de la diócesis les dijo: “Gracias, queridos sacerdotes, por vuestro trabajo pastoral, llevando sobre vosotros el peso del día y el calor de la jornada. Conozco vuestras fatigas y vuestro entusiasmo, aunque a veces no veáis el fruto inmediato. Permitidme que os diga en ocasión tan solemne y tan santa: estoy muy contento de vosotros, me siento muy a gusto con vosotros, os quiero con toda mi alma”.