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Al venerable Hermano JUAN HERVAS Y BENET, Obispo Títular de Alinda Prelado Dimisionario de Ciudad Real


Venerable Hermano:

Síendo inminente la fecha íntimamente gozosa de tu jubileo sacerdotal, también yo deseo expresarse mis felicitaciones, deseos y augurios, con los que quede de manifiesto mi afecto hacía tí. Pues, al considerar a todos los Obispos como hermanos, apóstoles de las Iglesias y gloria de Cristo (cfr. 2ªCor,8,28), según la mente de San Pablo, es muy conveniente que, al menos a través de estas letras, comparta tu gozo y contigo dé gracias a Dios, de quien procede – todo bien y toda dádiva perfecta – (Jac,1,17).

Hace cincuenta años que fuiste llamado a los más excelsos honores de esta tierra y a las responsabilidades más graves; fuiste revestido de la dignidad sacerdotal y después elevado, por la consagración episcopal, a la plenitud del sacerdocio. Nos consta con qué celo, por la gloria de Dios y por el bien de las almas, has trabajado durante toda tu vida, y de qué manera has ejercido los cargos que te fueron confiados junto con el orden presbiteral.

La Iglesia mallorquina primero te tuvo como Obispo bueno y fiel, pastor entregado a la grey, solícito por las necesidades de los fieles y por el bien de las almas. Cuando más adelante, en el año 1955, te fue confiado el gobierno de la Prelatura de Ciudad Real, idéntico celo sacerdotal, nacido de una fe solidísima y de tu fidelidad a la Cabeza visible de la Iglesia, te impelió a mirar por el bien pastoral de la nueva comunidad, con excelentes iniciativas. Entre otras cosas, creaste nuevas parroquias, cuidaste de la restauración del templo catedral.

Destacó, sin embargo, tu celo de pastor en el cuidado especial para promover eficazmente la formación religiosa, principalmente por medio de los Cursillos de Cristiandad, que tú promoviste y cuidaste que se difundieran en la América Latina.

Muchas otras iniciativas llevaste a efecto para una acertada renovación de la Liturgia sagrada, y dedicaste esfuerzos infatigables a la catequesis y a la formación de los adultos, valiéndose de fieles seglares, que asociaste eficazmente a tu trabajo, en el cultivo de la viña del Señor.

Tienes, pues, motivos de alegría, Venerable Hermano, y de dar muchas gracias al Dador de todo bien, por la abundante cosecha de frutos espirituales que El te ha concedido recoger.

Que la Virgen María, madre fecunda de los Apóstoles y de los Obispos, te sonría siempre, y te alcance abundantes dones del cielo para ti y para todos los que contigo celebren esta fiesta natalicia de tu sacerdocio.

Estos ardientes deseos, que de todo corazón te hemos manifestado, se ven confirmados por la Bendición Apostólica que con gran amor te impartimos.

Ciudad del Vaticano, 26 de mayo de 1979, primero de nuestro Pontificado.

Juan Pablo II, Papa


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