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3º DOMINGO DE CUARESMA. NO CUADRAN LAS CUENTAS


Hoy la cosa va de árboles y, por cierto, no cuadran bien las cuentas. Porque la higuera es uno de los árboles más bendecidos en toda la Escritura. Es un arbusto fértil, cuyo fruto es agradable al paladar, que deleita a los hombres y sirve a los propósitos de Dios. Una higuera cubrió la desnudez de nuestros primeros padres, a una higuera deseaban los árboles como rey en el maravilloso relato del libro de los Jueces (cf. Ju 9, 10-11), una higuera anuncia, en el Cantar de los Cantares, que ha llegado el tiempo de los amores (Ct 2, 13)… Pero la higuera del evangelio de hoy es un desastre. Tres años lleva cansando la tierra y no da fruto. Tan sólo la intercesión del viñador, encariñado con aquél árbol y con lo que estaba llamado a ser, consigue salvarla de la tala.

De otro lado, una zarza: el arbusto estéril, que no produce más que espinos, que castiga al caminante, que es signo de maldición: los salmos la ven como el símbolo de lo destinado a ser llevado por el viento (cf. Sal 58, 10); Isaías señala, como maldición, el crecimiento de las zarzas sobre la tierra de pecado (cf. Is 5, 6; 32, 13); el lugar en que había cepas, será ocupado por zarzas cuando llegue el castigo de Dios (cf. Is 7, 23)… sin embargo, una zarza, ese arbusto maldito, arderá sin consumirse ante la faz de Moisés y desde ella hablará Yahweh, el Dios de Israel.

Repito: no cuadran las cuentas. Y, como siempre, cuando no cuadran las cuentas, el pecado anda por medio. Como la higuera, fue el hombre la criatura más bendita; de entre todas sus obras, sólo al hombre creó a su imagen y semejanza y lo destinó, a él, finito y limitado, a que diera frutos de vida eterna y fuera el amigo íntimo de todo un Dios. Pero, ya ves, apareció el pecado y aquella obra privilegiada del Altísimo tan sólo disgustos daba a su Creador.

“Uno tenía una higuera plantada en su viña”… La parábola no deja lugar a dudas: se trata de un diálogo entre el Padre y el Hijo. Como en tiempos de Noé, Dios está cansado de las infidelidades de los hombres y lleno de Santa Ira se dispone a castigarlos. Tal es el punto de partida de esta conversación entre Yahweh y su Verbo: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala”. El Hijo, entonces, responde con una invitación a la paciencia: “Señor, déjala todavía este año”… Merecía, por sus culpas, ser talada y extirpada de la Tierra, pero el Viñador, el Hijo de Dios, le propuso al Amo abonarla con su Sangre y así le salvó la vida y la capacitó para dar frutos de santidad. De otro lado, un árbol maldito y estéril, una Cruz de la que estaba escrito: “maldito todo el que cuelga de un madero” (Dt 21, 23)… pero, en él, el Hijo de Dios se hizo maldición para que tú y yo recibiéramos el perdón de nuestras culpas

Nadie se engañe: no existe diferencia de pareceres entre Padre e Hijo. No se entabla discusión alguna en el Seno de la Trinidad, donde reina la armonía de Dios. Es que la Redención, al igual que la Creación, es fruto de un diálogo entre las tres Divinas Personas. Y esta parábola nos muestra aquel diálogo “al humano modo”, a fin de que podamos entenderlo, y lo descompone como se desgrana un único rayo de luz a su paso por un prisma. Estamos viendo, en el relato, los colores del arco iris, pero en Dios la Luz es una. De este modo entendemos, en dos franjas distintas de color, la justicia y la misericordia divinas. En justicia, nuestras culpas nos han hecho merecedores del castigo, pero la misericordia de Dios, manifestada en el Hijo, ha movido al Padre a esperar un poco más, le ha invitado a otorgarnos una nueva oportunidad.
Así leída la parábola, lo que sigue es estremecedor: “yo cavaré alrededor”… Jesús ha sido enviado para remover la Tierra, para sacar a la luz los pecados de los hombres y alborotar los corazones de los hijos de Adán. Es un provocador, una Luz que se acerca denunciando las tinieblas, un alborotador de las conciencias. Toda su vida pública no fue sino eso: un azadón que se hunde en lo más profundo del suelo y levanta la tierra para dejar en evidencia las piedras que la han hecho estéril. Cumpliendo el anuncio del anciano Simeón, vino al mundo el Señor como signo de contradicción. Los labradores no pudieron soportar que aquel Hombre hincase su azada en el suelo y lo removiese por entero. Era un perturbador, un desenterrador de piedras vergonzantes… Lo mataron.

Aún más escalofriante es el resto de la frase: “y le echaré estiércol, a ver si da fruto”. Nadie lo dude: habla Jesús de su Sangre, vertida sobre el campo de Dios. La comparación es terrible. Considerado el último de los hombres y sometido a la maldición del madero, crucificado entre malhechores, el Cordero Divino fue arrojado de este mundo y su Sangre fue derramada como estiércol, como el desecho y el vómito escarlata de una Humanidad maldita. El Calvario era un estercolero y, mientras esa Sangre besaba la Tierra, se estremecía el Cosmos, la Vida regresaba al campo de Dios, las piedras se partían como si las hubieran dinamitado y la viña estéril se volvía fértil como nunca lo había sido.

“Si no, la cortas”… No habrá otra oportunidad para quien desprecie la Sangre de Cristo. La Cuaresma avanza y el fuego en que hemos de ser purificados ya se muestra a nuestros ojos. No tengas miedo de abrazarte al Madero, no temas a la Cruz. Mejor arder con tu Señor, junto a tu Madre, para vivir eternamente, que cansar la tierra con tu vida estéril para ser talado al fin. Desde los maternales brazos de María, levantemos nuestra mirada al misterio de la Cruz y cuando escuchemos la voz del Señor, no endurezcamos el corazón y ofrezcámosle cada día los frutos que El tiene derecho a percibir.

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