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5º Domingo de Cuaresma


SABEMOS MUCHO, PERO NO LO QUE JESUS ESCRIBIA CON EL DEDO

Se ha derramado mucha tinta intentando responder a una tentadora pregunta: ¿qué escribía Jesús con el dedo en la tierra? Entre las respuestas que han llegado hasta nosotros, procedentes de los santos y los padres de la Iglesia, destacan dos: una de ellas dice que Jesús escribía los pecados de aquellos fariseos; la otra, que Jesús dibujaba en el suelo la Cruz… pero ninguno de quienes lo han dicho estaba allí para leerlo. Son respuestas didácticas, piadosas, pero la verdad es que no sabemos lo que escribía Jesús. Es una pregunta tan incontestable como la de la higuera de Bartolomé. ¡Algo tenía que quedarnos para el cielo! (por mi parte, primero preguntaré lo de la higuera; desde hace años me corroe la curiosidad).

Lo que sabemos es que Jesús escribía, con el dedo, en tierra. Que, mientras aquellos fariseos, puestos en pie, vociferaban, juzgaban, acusaban y condenaban, el Señor se ocupaba en otra cosa: se agachaba, callaba y arrastraba su dedo por el polvo. Sabemos que mientras el Sanedrín entero, puesto en pie, condenaba a muerte al Hijo de Dios, Jesús se postraba por entero y mordía, no ya con su dedo, sino entregados cuerpo y alma, el polvo de la muerte. Sabemos que, mientras los hombres nos acusamos unos a otros, murmurando sin piedad en las conversaciones, escribiendo con crueldad en los periódicos, pensando sin misericordia en nuestros hermanos, Dios mismo calla, se agacha y con su Dedo de carne, Jesús de Nazareth (“con el dedo de Dios expulso yo los demonios” -Lc 11, 20-), escribe en la Tierra Sangre de perdón para los hombres. Y, por saber, sabemos que, tras un misterioso silencio, se irguió Jesús con poder y acusó a quienes condenaban hasta hacerlos enrojecer y expulsarlos de su presencia. Sabemos que, al mismo que veremos callar en una Cruz, le veremos alzarse resucitado mientras sus enemigos se dispersan. Sabemos que, tras el sagrado silencio de este tiempo, volverá como Juez y hará callar a quienes ahora condenan a sus hermanos hasta arrojarlos a las tinieblas exteriores.

También sabemos que aquella mujer temblaba porque le habían adjudicado un Defensor cuyo alegato era el silencio y sólo a los acusadores se escuchaba. Sabemos que muchos hombres, ante la aparente victoria del mal y el misterioso callar de Dios, se asustan y se tambalean en su fe… y, por saber, sabemos que, levantado Jesús de su postración, quedó a solas con Él la pecadora y fue tratada con misericordia. Sabemos que no habrán de juzgarnos los hombres, sino un Hombre que nos ama hasta haber entregado su vida por nosotros. Sabemos que, si no nos retiramos de su lado, escucharemos las mismas palabras que oyó pronunciar aquella mujer: “Tampoco yo te condeno”…
No es fácil entender la misericordia de Dios que pasa por la cruz y la sangre y el agua que saldrán del costado de Jesús, muerto, colgado en el madero. No es de extrañar que los apóstoles se quedaran confusos y espantados sin poder comprender lo que estaba aconteciendo. Misterio de Dios. Podemos estar en manos de los que arrastran a Jesús a la cruz, o entre los que se van a tomar vinos, entristecidos hasta lo más profundo de sí, para comentar lo incomprensible. Pensábamos esto y esto y esto sobre lo que haría Jesús y nosotros con él, cuando todo ha caído en el fracaso más horripilante, la horrísona muerte en la cruz. ¿Cómo podremos entenderlo? Qué distinto, sin embargo, el ser y el actuar de María, la madre de Jesús, y el grupo de mujeres que le acompañaban. No sabían, tampoco entendía, y todo lo que acontecía les sobrepasaba por completo, pero confiaban. Confiaban en Dios, a quien ya ahora también ellas llamaban Padre. ¿Cómo podría abandonarlas?, ¿cómo podría desentenderse de quien estaba muriendo en la cruz? Ellas, sin saber cómo, repetían con el salmo lo incomprensible: nada temo.

Debemos prepararnos en lo que nos falta hasta la cruz para sentir en lo profundo de nosotros los sentimientos de quienes contemplaban aquel espectáculo. Escoger cuál va a ser el lugar en el que nos coloquemos, qué figura de la pasión escogeremos para verla desde ese su lugar y, desde él, comprender con el corazón lo que está sucediendo; lo que nos está sucediendo.

Imaginad por un momento cómo viviría los días siguientes la mujer que fue encontrada en flagrante delito y que, según la Ley, debía morir apedreada. Terrible injusticia solapada en esa condena: en el lugar paralelo no habría ningún castigo para el hombre sorprendido en situación de adulterio. Mas la punta del relato de Juan es otra: Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado? Ninguno. Tampoco yo te condeno. Anda y, en adelante, no peques más. Ella había sido remecida por la misericordia e invitada a vivir en adelante fuera del pecado. Qué diferencia entre el comportamiento de Jesús y el de sus acusadores. Estos sí cogieron piedras y lo crucificaron. Estábamos en pecado y le tiramos las piedras que lo clavarán en la cruz

El miércoles, cuando anochecía, llegaba la noticia de que tenemos un nuevo Papa. A través de muchas páginas de internet, y por otros medios de comunicación, podremos ir conociendo mejor cual ha sido su itinerario vital y también lo iremos siguiendo en su pontificado. Yo sólo lo conocía de nombre, ahora lo quiero como Papa. Me emocionó al seguir el anuncio por televisión su recuerdo de Benedicto XVI y que rezara por él. También me llegó a lo más profundo que, antes de impartir la bendición Urbi et Orbi, pidiera a la gente que rezaran por él para que el Señor lo bendijera. Finalmente que mostrará su devoción a la Virgen María. Estoy contento y doy gracias a Dios, que nos habla en cada momento de la historia a través de personas concretas. Creo que lo primero que hemos de hacer es, siguiendo su petición, intensificar nuestra oración por su persona. Quien da la misión da también la gracia para cumplirla, y es nuestra obligación pedir al Señor para que no le falte ni la iluminación ni las fuerzas que pueda necesitar.

Solo, y al hilo de las lecturas de este Domingo, quiero hacer una referencia a una de las noticias que han sido publicadas en estos días referidas al nuevo Papa Francisco. En septiembre de 2012 no tuvo reparos en llamar a sus propios sacerdotes “hipócritas de hoy” por rehusarse a bautizar a los hijos de madres solteras “porque no fueron concebidos en la santidad del matrimonio” Sucedió durante un Encuentro de Pastoral Urbana de la Región Buenos Aires, en el que advirtió la necesidad de mostrar “una ternura especial con los pecadores” y los más alejados porque “Dios vive en medio de ellos”. Por esta razón lamentó que algunos hayan “clericalizado a la Iglesia del Señor”.Con delicadeza, pero con firmeza y claridad, denunció que éstos “llenan de preceptos y con dolor lo digo, y si parece una denuncia o una ofensa, perdónenme, pero en nuestra región eclesiástica hay presbíteros que no bautizan a los chicos de las madres solteras porque no fueron concebidos en la santidad del matrimonio”.”Estos son los hipócritas de hoy. Los que clericalizaron a la Iglesia. Los que apartan al pueblo de Dios de la salvación. Y esa pobre chica que, pudiendo haber abortado, tuvo la valentía de traerlo al mundo, va peregrinando de parroquia en parroquia para que se lo bauticen”.

Sabemos que la Mujer más inocente y limpia, la Virgen María, es llamada “Refugio de los pecadores”. Sabemos mucho, y todo cuanto sabemos es consolador. Pero, lo que Jesús escribía con el dedo en la tierra, eso no lo sabemos…


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