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Domingo 2º de Pascua – DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA


LA TRIBUNA DE TOLEDO
“¡Señor mío y Dios mío!”
El apóstol Santo Tomás ha pasado a la imaginería cristiana con los dedos introducidos en el costado de Nuestro Salvador. Sin embargo, no nos consta que su incredulidad le hubiera llevado hasta ese extremo. ¿Creéis de verdad que, cuando Jesús resucitado le mostró sus llagas, no contento con semejante signo, acercó su mano y la introdujo en la abertura del pecho del Señor? Todo es posible, pero no tenemos ninguna seguridad sobre el particular.
Si el apóstol introdujo su mano en el costado del Maestro, lo asombroso es que siguiera vivo. De ser así, Tomás habría metido los dedos en un enchufe que suministra energía a la Creación entera y a la Historia -¡ríase usted de Iberdrola!-. Del costado abierto de Cristo han surgido la Iglesia y los siete sacramentos; de allí brota, sin cesar, gracia suficiente para santificar a todas las almas; allí nace la Comunión de los Santos; desde allí se ha derramado, y aún se derrama a raudales sobre el mundo, la misericordia de Dios. Del costado de Cristo brotan, como un regalo para cada hombre, los sentimientos más íntimos del Señor que siguen siendo íntimos aún después de entregados a millones de almas. Sobre él, cuando todavía estaba protegido por una carne virgen, se recostó el apóstol Juan y así llegó a conocer los secretos del Reino. En esa divina grieta han clavado sus ojos muchos santos y, una vez conocida, no han querido apartarlos de allí jamás. Si un día, por la misericordia de Dios, consiguiera yo subir a lo alto de la Cruz, en esa cueva me introduciría para siempre y me convertiría en ermitaño de la llaga del costado.
Me he preguntado muchas veces el por qué de las llagas en el Cuerpo del Resucitado. Al fin y al cabo, siendo esas heridas un signo de muerte, Jesús podría haberse deshecho de ellas al resucitar con la misma soltura con que un hombre que ha caído al suelo se sacude el polvo al levantarse. Y, sin embargo, no sólo quiso conservar aquellas llagas, sino que las mostró, después de su victoria, con el mismo orgullo con que un soldado muestra sus condecoraciones.
He contemplado en silencio esas heridas durante horas. Nosotros miramos a Jesús desde la otra orilla, y esa orilla a la que aún nos atan las amarras de la vida presente se llama “sufrimiento”. La victoria de Cristo no ha librado al hombre del zarpazo cruel del dolor sobre la tierra, sino que ha abierto para él, a través del dolor mismo, la puerta estrecha de ese lugar donde pecado, sufrimiento y muerte serán definitivamente vencidos. Pero, entre tanto, nuestra mirada hambrienta hacia el Resucitado es la mirada de unos pobres que viven de esperanza y gritan porque sufren, pecan y mueren. ¡Cómo consuelan, entonces, esas cinco benditas llagas! Ellas son el grito de Jesús triunfante que nos dice que no ha olvidado el dolor de los hombres. Quizá, por este motivo, ha sido la llaga del Costado, aquella herida que exploraron los incrédulos dedos de Tomás, la que siempre ha captado mi atención.
Si un día yo consiguiera escalar hasta lo alto de la Cruz, alcanzada la llaga del Costado no querría subir más arriba. Me introduciría en ella, me volvería ermitaño y allí tendría mi gruta., Esa llaga es una divina paradoja: Jesús Resucitado tiene el Corazón roto. Pero ¡qué digo “roto”!, ¡eso no se dice de un Resucitado!. Jesús Resucitado tiene el Corazón abierto como un manantial. A través de tan sagrada abertura se derrama incesantemente la misericordia divina sobre el pecado de los hombres, pasando a través de las manos del sacerdote: “a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”… ¿Sería esto posible sin la llaga del Costado? Como una puerta, a través de esa herida alcanzamos el Corazón de Cristo, conocemos sus sentimientos y habitamos en Él… ¿Sería esto posible sin la llaga del Costado?. Como un torrente inagotable, de esa cascada de Amor brota la misericordia y el cariño para todos los hombres, y su agua jamás se agota… ¿Sabría yo, Jesús, que Tú me amas sin la llaga del Costado.?
Nunca, nunca nadie se había atrevido, antes de la llegada a este mundo del Hijo de Dios, a perdonar los pecados. La maldición que pesaba sobre Adán y recaía sobre cada miembro de la familia humana pesaba como una losa terrible sobre todas las almas, y nadie, fuera del propio Dios, tenía fuerzas para levantarla. Consciente de su terrible pecado, el Rey David soñó con que un día pudiese ser perdonado: “Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado…”(Sal 32, 1). Lo soñó, pero murió sin verlo y se fue al Infierno, al Seno de Abraham, donde permaneció hasta el Sábado Santo, en que sangre de Cristo lo rescató. Sin embargo, hoy: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”. Con la ligereza de un soplo, el propio Jesús resucitado y glorioso alumbra un río de misericordia y, consagrando las manos de sus apóstoles, las convierte en cauces de las aguas del Perdón. Las manos del sacerdote son sagradas; son las manos de Cristo. A ellas acuden, a beber, todos los miserables y pecadores necesitados de la Misericordia divina. En ellas se sacian de Vida cuantos están muertos por sus pecados; en ellas se sumergen los cadáveres, y de ellas emergen hijos de Dios recién nacidos a la gracia por la renovación de su Bautismo. No me explico cómo los sacerdotes podemos con nuestras manos.!!
Desde luego, si Tomás, obediente a las palabras del Maestro, introdujo su mano en el Costado del Redentor, no me explico que de allí pudiera haberla sacado… Pero, como te decía, el secreto quedará sin desvelarse hasta el día del Juicio final. Llegado ese día, después de haber preguntado a Bartolomé lo de la higuera, le preguntaré a Tomás lo del costado (luego le preguntaré a Jesús qué escribía con el dedo en la tierra cuando le presentaron a la mujer adúltera, aunque temo que a esta pregunta me responda con una risotada).
Lo que nos consta, y a ciencia cierta, es que de labios del apóstol, en aquel momento sagrado, brotó uno de los actos de fe más fervientes y hermosos que jamás hayan dejado escapar labios humanos: “¡Señor mío y Dios mío!” significa: “tú eres mi Dios y mi dueño. Eres mi Dios, porque me has creado y de ti he recibido cuanto soy y cuanto tengo. Pero eres también mi Dueño, porque me has redimido y a precio de sangre me has comprado; porque cuanto me diste te lo doy yo ahora; porque, después de haber sido amado por ti, declaro que ya no me pertenezco y que soy tuyo.” Significa que Tomás, metiera o no metiera los dedos en el sagrado Enchufe, quedó tan sobrecogido como aquella Joven que, treinta y tres años antes, exclamara gozosa: “¡He aquí la Esclava del Señor!”. Puede, puede que fuera el fruto de un “divino calambre”.

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