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Primera meditación del Santo Padre Francisco con motivo del Jubileo de los sacerdotes y de los seminaristas

fran02062016_primeraBasílica Papal de San Juan de Letrán, Roma
Jueves 2 de junio de 2016

[NOTA: Ofrecemos a continuación la traducción al español del texto original preparado por el Santo Padre. El signo (…) indica que en ese momento ha improvisado unas palabras. En breve ofreceremos el texto completo y definitivo en español]

Ejercicios para sacerdotes 2016

(…)

La misericordia, en su aspecto más femenino, es el entrañable amor materno, que se conmueve ante la fragilidad de su creatura recién nacida y la abraza, supliendo todo lo que le falta para que pueda vivir y crecer (rahamim); y en su aspecto más masculino, es la fidelidad fuerte del Padre que sostiene siempre, perdona y vuelve a poner en camino a sus hijos.

La misericordia es tanto el fruto de una «alianza» —por eso se dice que Dios se acuerda de su (pacto de) misericordia (hesed)— como un «acto» gratuito de benignidad y bondad que brota de nuestra psicología más profunda y se traduce en una obra externa (eleos, que se convierte en limosna). Esta inclusividad hace que esté siempre a la mano de todos el «misericordiar», el compadecerse del que sufre, conmoverse ante el necesitado, indignarse, que se revuelvan las tripas ante una injusticia patente y ponerse inmediatamente a hacer algo concreto, con respeto y ternura, para remediar la situación. Y, partiendo de este sentimiento visceral, está al alcance de todos mirar a Dios desde la perspectiva de este atributo primero y último con el que Jesús lo ha querido revelar para nosotros: el nombre de Dios es Misericordia.

Cuando meditamos sobre la Misericordia sucede algo especial. La dinámica de los Ejercicios Espirituales se potencia desde dentro. La misericordia hace ver que las vías objetivas de la mística clásica —purgativa, iluminativa y unitiva— nunca son etapas sucesivas, que se puedan dejar atrás. Siempre tenemos necesidad de una nueva conversión, de más contemplación y de un amor renovado. (…) Nada une más con Dios que un acto de misericordia, (…) ya sea que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros pecados, ya sea de la gracia que nos da para practicar las obras de misericordia en su nombre. Nada ilumina más la fe que el purgar nuestros pecados y nada más claro que Mateo 25, y aquello de «Dichosos los misericordiosos porque alcanzarán misericordia» (Mt 5,7), para comprender cuál es la voluntad de Dios, la misión a la que nos envía. A la misericordia se le puede aplicar aquella enseñanza de Jesús: «Con la medida que midan serán medidos» (Mt 7,2). (…)

La misericordia nos permite pasar de sentirnos misericordiados a desear misericordiar. Pueden convivir, en una sana tensión, el sentimiento de vergüenza por los propios pecados con el sentimiento de la dignidad a la que el Señor nos eleva. Podemos pasar sin preámbulos de la distancia a la fiesta, como en la parábola del Hijo Pródigo, y utilizar como receptáculo de la misericordia nuestro propio pecado. (…) La misericordia nos impulsa a pasar de lo personal a lo comunitario. Cuando actuamos con misericordia, como en los milagros de la multiplicación de los panes, que nacen de la compasión de Jesús por su pueblo y por los extranjeros, los panes se multiplican a medida que se reparten.

Tres sugerencias

La alegre y libre familiaridad que se establece a todos los niveles entre los que se relacionan entre sí con el vínculo de la misericordia —familiaridad del Reino de Dios, tal como Jesús lo describe en sus parábolas— me lleva a sugerirles tres cosas para su oración personal de este día.

(1) La primera tiene que ver con dos consejos prácticos que da san Ignacio y que dice: «No el mucho saber llena y satisface el alma, sino el sentir y gustar las cosas de Dios interiormente» (Ejercicios Espirituales, 2). San Ignacio agrega que allí donde uno encuentra lo que quiere y siente gusto, allí se quede rezando «sin tener ansia de pasar adelante, hasta que me satisfaga» (ibíd., 76). Así que, en estas meditaciones sobre la misericordia, uno puede comenzar por donde más le guste y quedarse allí, pues seguramente una obra de misericordia le llevará a las demás. Si comenzamos dando gracias al Señor, que maravillosamente nos creó y más maravillosamente aún nos redimió, seguramente esto nos llevará a sentir pena por nuestros pecados. Si comenzamos por compadecernos de los más pobres y alejados, seguramente necesitaremos ser misericordiados también nosotros.

(2) La segunda sugerencia para rezar tiene que ver con una forma de utilizar la palabra misericordia. Como se habrán dado cuenta, al hablar de la misericordia a mí me gusta usar la forma verbal: «Hay que misericordiar para ser misericordiados». (…) El hecho de que la misericordia ponga en contacto una miseria humana con el corazón de Dios hace que la acción surja inmediatamente. No se puede meditar sobre la misericordia sin que todo se ponga en acción. Por tanto, en la oración, no hace bien intelectualizar. Con prontitud, y con la ayuda de la gracia, nuestro diálogo con el Señor tiene que concretarse en qué pecado tiene que tocar su misericordia en mí, dónde siento, Señor, más vergüenza y más deseo reparar; y rápidamente tenemos que hablar de aquello que más nos conmueve, de esos rostros que nos llevan a desear intensamente poner manos a la obra para remediar su hambre y sed de Dios, de justicia, de ternura. A la misericordia se la contempla en la acción. Pero un tipo de acción que es omniinclusiva: la misericordia incluye todo nuestro ser —entrañas y espíritu— y a todos los seres.

(3) La última sugerencia va por el lado del fruto de los ejercicios, es decir de la gracia que tenemos que pedir y que es, directamente, la de convertirnos en sacerdotes más misericordiados y más misericordiosos. (…) Nos podemos centrar en la misericordia porque ella es lo esencial, lo definitivo. Por los escalones de la misericordia (cf. Laudato si’, 77) podemos bajar hasta lo más bajo de la condición humana —fragilidad y pecado incluidos— y ascender hasta lo más alto de la perfección divina: «Sean misericordiosos (perfectos) como su Padre es misericordioso». Pero siempre para «cosechar» sólo más misericordia. De aquí deben venir los frutos de conversión de nuestra mentalidad institucional: si nuestras estructuras no se viven ni se utilizan para recibir mejor la misericordia de Dios y para ser más misericordiosos para con los demás, se pueden convertir en algo muy extraño y contraproducente. (…)

Este retiro espiritual, por tanto, irá por el lado de esa «simplicidad evangélica» que entiende y practica todas las cosas en clave de misericordia. Y de una misericordia dinámica, no como un sustantivo cosificado y definido, ni como adjetivo que decora un poco la vida, sino como verbo —misericordiar y ser misericordiados — que nos lanza a la acción en medio del mundo. Y, además, como misericordia «siempre más grande», como una misericordia que crece y aumenta, dando pasos de bien en mejor, y yendo de menos a más, ya que la imagen que Jesús nos pone es la del Padre siempre más grande y cuya misericordia infinita «crece», si se puede decir así, y no tiene techo ni fondo, porque proviene de su soberana libertad.

Primera meditación: de la distancia a la fiesta

Si la misericordia del Evangelio es, como hemos dicho, un exceso de Dios, un desborde inaudito, lo primero es mirar dónde el mundo de hoy, y cada persona, necesita más un exceso de amor así. Lo primero es preguntarnos cuál es el receptáculo para tal misericordia; cuál es el terreno desierto y seco para tal desborde de agua viva; cuáles las heridas para ese aceite balsámico; cuál es la orfandad que necesita tal desvivirse en cariños y atenciones; cuál la distancia para tanta sed de abrazo y de encuentro…

La parábola que les propongo para esta meditación es la del padre misericordioso (cf. Lc 15,11-31). Nos situamos en el ámbito del misterio del Padre. Y me viene al corazón comenzar por ese momento en que el hijo pródigo está en medio del chiquero, en ese infierno del egoísmo, que hizo todo lo que quiso y, en vez de ser libre, se encuentra esclavo. Mira a los chanchos que comen bellotas…, siente envidia y le viene la nostalgia. Nostalgia por el pan recién horneado que los empleados de su casa, la casa de su padre, comen para el desayuno. La nostalgia… La nostalgia es un sentimiento poderoso. Tiene que ver con la misericordia porque nos ensancha el alma. Nos hace recordar el bien primero —la patria de donde salimos— y nos despierta la esperanza de volver.(…) En este horizonte amplio de la nostalgia, este joven —dice el Evangelio— entró en sí y se sintió miserable. (…)

Sin detenernos ahora a describir lo mísero de su estado, pasemos a ese otro momento en que, después de que su Padre lo abrazó y lo besó efusivamente, él se encuentra sucio pero vestido de fiesta. Da vueltas en su dedo al anillo de par con su padre. Tiene sandalias nuevas en los pies. Está en medio de la fiesta, entre la gente. Algo así como nosotros, si alguna vez nos pasó, que nos confesamos antes de la misa y ahí nomás nos encontramos «revestidos» y en medio de una ceremonia.

Avergonzada dignidad

Detengámonos en esa «avergonzada dignidad» de este hijo pródigo y predilecto. Si nos animamos a mantener serenamente el corazón entre esos dos extremos —la dignidad y la vergüenza—, sin soltar ninguno de ellos, quizás podamos sentir cómo late el corazón de nuestro Padre. (…) Podemos imaginar que la misericordia le brota como sangre. Que él sale a buscarnos —pecadores—, nos atrae a sí, nos purifica y nos lanza de nuevo, renovados, a todas las periferias a misericordiar a todos. Su sangre es la sangre de Cristo, sangre de la Nueva y Eterna Alianza de misericordia, derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Esta sangre la contemplamos entrando y saliendo de su corazón, y del corazón del Padre. Esto es nuestro único tesoro, lo único que tenemos para dar al mundo: la sangre que purifica y pacifica todo y a todos. La sangre del Señor que perdona los pecados. La sangre que es verdadera bebida, que resucita y da la vida a lo que está muerto por el pecado.

En nuestra oración serena, que va de la vergüenza a la dignidad, de la dignidad a la vergüenza, pedimos la gracia de sentir esa misericordia como constitutiva de nuestra vida entera; la gracia de sentir cómo ese latido del corazón del Padre se aúna con el latir del nuestro. No basta sentirla como un gesto que Dios tiene de vez en cuando, perdonándonos algún pecado gordo, y luego nos las arreglamos solos, autónomamente.

San Ignacio propone una imagen caballeresca propia de su época, pero, como la lealtad entre amigos es un valor perenne, puede ayudarnos. Dice que, para sentir «confusión y vergüenza» por nuestros pecados (y no perdernos de sentir la misericordia), podemos usar un ejemplo: imaginemos que «un caballero se hallase delante de su rey y de toda su corte, avergonzado y confundido en haberle mucho ofendido, siendo que de él primero recibió muchos dones y muchas mercedes» (Ejercicios Espirituales, 74). No obstante, siguiendo la dinámica del hijo pródigo en la fiesta, imaginemos a este caballero como alguien que, en vez de ser avergonzado delante de todos, el rey lo toma inesperadamente de la mano y le devuelve su dignidad. Y vemos que no sólo lo invita a seguirlo en su lucha, sino que lo pone al frente de sus compañeros. ¡Con qué humildad y lealtad lo servirá este caballero de ahora en adelante!

Ya sea sintiéndonos como el hijo pródigo festejado o como el caballero desleal convertido en superior, lo importante es que cada uno se sitúe en esa tensión fecunda en la que la misericordia del Señor nos pone: no solamente de pecadores perdonados, sino de pecadores dignificados. (…)

Simón Pedro nos ofrece la imagen ministerial de esta sana tensión. El Señor lo educa y lo forma progresivamente y lo ejercita en mantenerse así: Simón y Pedro. El hombre común, con sus contradicciones y debilidades, y el que es piedra, el que tiene las llaves, el que conduce a los demás. Cuando Andrés lo lleva a Cristo, así como está, vestido de pescador, el Señor le pone el nombre de Piedra. Apenas acaba de alabarle por la confesión de fe que viene del Padre, cuando ya le recrimina duramente por la tentación de escuchar la voz del mal espíritu al decirle que se aparte de la cruz. Lo invitará a caminar sobre las aguas y lo dejará hundirse en su propio miedo, para tenderle enseguida una mano; apenas se confiese pecador lo misionará a ser pescador de hombres; lo interrogará prolijamente sobre su amor, haciéndole sentir dolor y vergüenza por su deslealtad y cobardía, y también por tres veces le confiará el pastoreo de sus ovejas. (…)

Ahí tenemos que situarnos, en ese hueco en el que conviven nuestra miseria más vergonzante y nuestra dignidad más alta. (…) Sucios, impuros, mezquinos, vanidosos, (…) egoístas y, a la vez, con los pies lavados, llamados y elegidos, repartiendo sus panes multiplicados, bendecidos por nuestra gente, queridos y cuidados. Sólo la misericordia hace soportable ese lugar. Sin ella, o nos creemos justos como los fariseos o nos alejamos como los que no se sienten dignos. En ambos casos, se nos endurece el corazón. (…)

Profundizamos un poco más. Nos preguntamos: Y, ¿por qué es tan fecunda esta tensión?  (…) Diría que es fecunda porque mantenerla nace de una decisión libre. Y el Señor actúa principalmente sobre nuestra libertad, aunque nos ayude en todo. La misericordia es cuestión de libertad. El sentimiento brota espontáneo y cuando decimos que es visceral parecería que es sinónimo de «animal». Pero los animales desconocen la misericordia «moral», aunque algunos puedan experimentar algo de esa compasión, como un perro fiel que permanece al lado de su dueño enfermo. La misericordia es una conmoción que toca las entrañas, pero puede brotar también de una percepción intelectual aguda — directa como un rayo, pero no por simple menos compleja —: uno intuye muchas cosas cuando siente misericordia. Uno comprende, por ejemplo, que el otro está en una situación desesperada, límite; le pasa algo que excede sus pecados o sus culpas; también uno comprende que el otro es un par, que él mismo podría estar en su lugar; y que el mal es tan grande y devastador que no se arregla sólo con justicia… En el fondo, uno se convence de que hace falta una misericordia infinita, como la del corazón de Cristo, para remediar tanto mal y tanto sufrimiento como vemos que hay en la vida de los seres humanos… Menos que eso, no alcanza. ¡Tantas cosas comprende nuestra mente con sólo ver a alguien tirado en la calle, descalzo, en una mañana fría, o al Señor clavado en la cruz por mí!

Además, la misericordia se acepta y se cultiva, o se rechaza libremente. Si uno se deja llevar, un gesto trae el otro. Si uno pasa de largo, el corazón se enfría. La misericordia nos hace experimentar nuestra libertad y es allí donde podemos experimentar la libertad de Dios, que es misericordioso con quien es misericordioso (cf. Dt 5,10), como le dijo a Moisés. En su misericordia el Señor expresa su libertad. Y nosotros, la nuestra.

Podemos vivir mucho tiempo «sin» la misericordia del Señor. Es decir: podemos vivir sin hacerla consciente y sin pedirla explícitamente. Hasta que uno cae en la cuenta de que «todo es misericordia» y llora con amargura no haberla aprovechado antes, siendo así que la necesitaba tanto.

La miseria de la que hablamos es la miseria moral, intransferible, esa donde uno toma conciencia de sí mismo como persona que, en un punto decisivo de su vida, actuó por su propia iniciativa: eligió algo y eligió mal. Este es el fondo que hay que tocar para sentir dolor de los pecados y para arrepentirse verdaderamente. Porque, en otros ámbitos, uno no se siente tan libre ni siente que el pecado afecte toda su vida y, por tanto, no experimenta su miseria, con lo cual se pierde la misericordia, que sólo actúa con esa condición. Uno no va a la farmacia y dice: «Por misericordia, le pido una aspirina». Por misericordia pide que le den morfina para una persona sumida en los dolores atroces de una enfermedad terminal. (…)

El corazón que Dios une a esa miseria moral nuestra es el corazón de Cristo, su Hijo amado, que late como un solo corazón con el del Padre y el del Espíritu.(…) Es un corazón que elige el camino más cercano y que lo compromete. Esto es propio de la misericordia, que se ensucia las manos, toca, se mete, quiere involucrarse con el otro, va a lo personal con lo más personal, no «se ocupa de un caso» sino que se compromete con una persona, con su herida. (…) La misericordia excede la justicia y lo hace saber y lo hace sentir; queda implicado uno con el otro. Al dignificar, la misericordia eleva a aquel hacia el que uno se abaja y vuelve pares a los dos, al misericordioso y al misericordiado. (…)

De aquí la necesidad del Padre de hacer fiesta, para que se restaure todo de una sola vez, devolviendo a su hijo la dignidad perdida. Esto posibilita mirar al futuro de manera nueva. No es que la misericordia no tome en cuenta la objetividad del daño hecho por el mal. Pero le quita poder sobre el futuro, (…) le quita poder sobre la vida que corre hacia delante. La misericordia es la verdadera actitud de vida que se opone a la muerte, que es el fruto amargo del pecado. En eso es lúcida, no es para nada ingenua la misericordia. No es que no vea el mal, sino que mira lo corta que es la vida y todo el bien que queda por hacer. Por eso hay que perdonar totalmente, para que el otro mire hacia adelante y no pierda tiempo en culparse y compadecerse de sí mismo y en lo que se perdió. En el camino de ir a curar a otros, uno irá haciendo su examen de conciencia y, en la medida en que ayuda a otros, reparará el mal que hizo. La misericordia es fundamentalmente esperanzada.

Dejarse atraer y enviar por el movimiento del corazón del Padre es mantenerse en esa sana tensión de avergonzada dignidad. Dejarse atraer por el centro de su corazón, como sangre que se ha ensuciado yendo a dar vida a los miembros más lejanos, para que el Señor nos purifique y nos lave los pies; dejarse enviar llenos del oxígeno del Espíritu para llevar vida a todos los miembros, especialmente a los más alejados, frágiles y heridos.

Un cura hablaba de una persona en situación de calle que terminó viviendo en una hospedería. Era alguien cerrado en su propia amargura que no interactuaba con los demás. Persona culta, se enteraron después. Pasado algún tiempo, este hombre fue a parar al hospital por una enfermedad terminal y le contaba al cura que, estando allí, sumido en su nada y en su decepción por la vida, el que estaba en la cama de al lado le pidió que le alcanzara la escupidera y que luego se la vaciara. Y ese pedido de alguien que verdaderamente lo necesitaba y estaba peor que él, le abrió los ojos y el corazón a un sentimiento poderosísimo de humanidad y a un deseo de ayudar al otro y de dejarse ayudar él por Dios. De este modo, un sencillo acto de misericordia lo conectó con la misericordia infinita, se animó a ayudar al otro y luego se dejó ayudar él: murió confesado y en paz. (…)

Así, los dejo con la parábola del padre misericordioso, una vez que nos hemos «situado» en ese momento en que el hijo se siente sucio y revestido, pecador dignificado, avergonzado de sí y orgulloso de su padre. El signo para saber si uno está bien situado son las ganas de ser misericordioso con todos en adelante. Ahí está el fuego que vino a traer Jesús a la tierra, ese que enciende otros fuegos. Si no se prende la llama, es que alguno de los polos no permite el contacto. O la excesiva vergüenza, que no «pela los cables» y, en vez de confesar abiertamente «hice esto y esto», se tapa; o la excesiva dignidad, que toca las cosas con guantes.

Los excesos de la misericordia

El único exceso ante la excesiva misericordia de Dios es excederse en recibirla y en desear comunicarla a los demás. El Evangelio nos muestra muchos lindos ejemplos de los que se exceden para recibirla: el paralítico, cuyos amigos lo hacen entrar por el techo en medio del sitio donde estaba predicando el Señor; el leproso, que deja a sus nueve compañeros y regresa glorificando y dando gracias a Dios a grandes voces y va a ponerse de rodillas a los pies del Señor; el ciego Bartimeo, que logra detener a Jesús con sus gritos (…); la mujer hemorroisa, que en su timidez se las ingenia para lograr una estrecha cercanía con el Señor y que, como dice el Evangelio, cuando tocó el manto, el Señor sintió que salía de él unadynamis…; todos son ejemplos de ese contacto que enciende un fuego y desencadena la dinámica, la fuerza positiva de la misericordia. También está la pecadora, cuyas excesivas muestras de amor al Señor al lavarle los pies con sus lágrimas y secárselos con sus cabellos, son para el Señor signo de que ha recibido mucha misericordia, y por eso lo expresa así. (…) La gente más simple, los pecadores, los enfermos, los endemoniados…, son exaltados inmediatamente por el Señor, que los hace pasar de la exclusión a la inclusión plena, de la distancia a la fiesta. Esta es la expresión: la misericordia nos hace pasar «de la distancia a la fiesta». Y esto no se entiende si no es en clave de esperanza, en clave apostólica, en clave del que es misericordiado para misericordiar.

Podemos terminar rezando, con el Magnificat de la misericordia, el Salmo 50 del rey David, que recitamos en los laudes todos los viernes. Es el Magnificat de «un corazón contrito y humillado» que, en su pecado, tiene la grandeza de confesar al Dios fiel que es más grande que el pecado. Situados en el momento en que el hijo pródigo esperaba un trato distante y, en cambio, el padre lo metió de lleno en una fiesta, podemos imaginarlo rezando el Salmo 50. Y rezarlo a dos coros con él.(…) Podemos escucharlo cómo dice: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa…». Y nosotros decir: «Pues yo (también) reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado». Y a una voz, decir: «Contra ti, Padre, contra ti solo pequé».

Rezamos desde esa tensión íntima que enciende la misericordia, esa tensión entre la vergüenza que dice: «Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa»; y esa confianza que dice: «Rocíame con el hisopo y quedaré limpio, lávame; quedaré más blanco que la nieve».

Confianza que se vuelve apostólica: «Devuélveme la alegría de la salvación, afiánzame con espíritu firme y enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti».

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Homilía del Papa Francisco en la Santa Misa con motivo del Jubileo de los diáconos

fran29052016Plaza de San Pedro, Vaticano
Domingo 29 de mayo de 2016

IX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

«Servidor de Cristo» (Ga 1,10). Hemos escuchado esta expresión, con la que el apóstol Pablo se define cuando escribe a los Gálatas. Al comienzo de la carta, se había presentado como «apóstol» por voluntad del Señor Jesús (cf. Ga 1,1). Ambos términos, apóstol y servidor, están unidos, no pueden separarse jamás; son como dos caras de una misma moneda: quien anuncia a Jesús está llamado a servir y el que sirve anuncia a Jesús.

El Señor ha sido el primero que nos lo ha mostrado: él, la Palabra del Padre; él, que nos ha traído la buena noticia (Is 61,1); él, que es en sí mismo la buena noticia (cf. Lc 4,18), se ha hecho nuestro siervo (Flp 2,7), «no ha venido para ser servido, sino para servir» (Mc 10,45). «Se ha hecho diácono de todos», escribía un Padre de la Iglesia (San Policarpo, Ad Phil. V,2). Como ha hecho él, del mismo modo están llamados a actuar sus anunciadores, «llenos de misericordia, celantes, caminando según la caridad del Señor que se hizo siervo de todos» (ibíd.). El discípulo de Jesús no puede caminar por una vía diferente a la del Maestro, sino que, si quiere anunciar, debe imitarlo, como hizo Pablo: aspirar a ser un servidor. Dicho de otro modo, si evangelizar es la misión asignada a cada cristiano en el bautismo, servir es el estilo mediante el cual se vive la misión, el único modo de ser discípulo de Jesús. Su testigo es el que hace como él: el que sirve a los hermanos y a las hermanas, sin cansarse de Cristo humilde, sin cansarse de la vida cristiana que es vida de servicio.

¿Por dónde se empieza para ser «siervos buenos y fieles» (cf. Mt 25,21)? Como primer paso, estamos invitados a vivir ladisponibilidad. El siervo aprende cada día a renunciar a disponer todo para sí y a disponer de sí como quiere. Si se ejercita cada mañana en dar la vida, en pensar que todos sus días no serán suyos, sino que serán para vivirlos como una entrega de sí. En efecto, quien sirve no es un guardián celoso de su propio tiempo, sino más bien renuncia a ser el dueño de la propia jornada. Sabe que el tiempo que vive no le pertenece, sino que es un don recibido de Dios para a su vez ofrecerlo: sólo así dará verdaderamente fruto. El que sirve no es esclavo de la agenda que establece, sino que, dócil de corazón, está disponible a lo no programado: solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios. El siervo está abierto a la sorpresa, a las sorpresas cotidianas de Dios. El siervo sabe abrir las puertas de su tiempo y de sus espacios a los que están cerca y también a los que llaman fuera de horario, a costo de interrumpir algo que le gusta o el descanso que se merece. El siervo rebasa los horarios. A mí me parte el corazón cuando veo un horario en las parroquias: «de tal hora a tal otra». Y después, la puerta está cerrada, no está el sacerdote, no está el diácono, no está el laico que recibe a la gente… Esto hace mal. Ir más allá de los horarios: hay que tener la valentía de rebasar los horarios. Así, queridos diáconos, viviendo en la disponibilidad, vuestro servicio estará exento de cualquier tipo de provecho y será evangélicamente fecundo.

También el Evangelio de hoy nos habla de servicio, mostrándonos dos siervos, de los que podemos sacar enseñanzas preciosas: el siervo del centurión, que regresa curado por Jesús, y el centurión mismo, al servicio del emperador. Las palabras que este manda decir a Jesús, para que no venga hasta su casa, son sorprendentes y, a menudo, son el contrario de nuestras oraciones: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo» (Lc 7,6); «por eso tampoco me creí digno de venir personalmente» (v.7); «porque yo también vivo en condición de subordinado» (v. 8). Ante estas palabras, Jesús se queda admirado. Le asombra la gran humildad del centurión, su mansedumbre. Y la mansedumbre es una de las virtudes de los diáconos. Cuando el diácono es manso, es siervo y no juega a «imitar» al sacerdote, es manso. Él, ante el problema que lo afligía, habría podido agitarse y pretender ser atendido imponiendo su autoridad; habría podido convencer con insistencia, hasta forzar a Jesús a ir a su casa. En cambio se hace pequeño, discreto, manso, no alza la voz y no quiere molestar. Se comporta, quizás sin saberlo, según el estilo de Dios, que es «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). En efecto, Dios, que es amor, llega incluso a servirnos por amor: con nosotros es paciente, comprensivo, siempre solícito y bien dispuesto, sufre por nuestros errores y busca el modo para ayudarnos y hacernos mejores. Estos son también los rasgos de mansedumbre y humildad del servicio cristiano, que esimitar a Dios en el servicio a los demás: acogerlos con amor paciente, comprenderlos sin cansarnos, hacerlos sentir acogidos, a casa, en la comunidad eclesial, donde no es más grande quien manda, sino el que sirve (cf. Lc 22,26). Y jamás reprender, jamás. Así, queridos diáconos, en la mansedumbre, madurará vuestra vocación de ministros de la caridad.

Además del apóstol Pablo y el centurión, en las lecturas de hoy hay un tercer siervo, aquel que es curado por Jesús. En el relato se dice que era muy querido por su dueño y que estaba enfermo, pero no se sabe cuál era su grave enfermedad (v.2). De alguna manera, podemos reconocernos también nosotros en ese siervo. Cada uno de nosotros es muy querido por Dios, amado y elegido por él, y está llamado a servir, pero tiene sobre todo necesidad de ser sanado interiormente. Para ser capaces del servicio, se necesita la salud del corazón: un corazón restaurado por Dios, que se sienta perdonado y no sea ni cerrado ni duro. Nos hará bien rezar con confianza cada día por esto, pedir que seamos sanados por Jesús, asemejarnos a él, que «no nos llama más siervos, sino amigos» (cf. Jn 15,15). Queridos diáconos, podéis pedir cada día esta gracia en la oración, en una oración donde se presenten las fatigas, los imprevistos, los cansancios y las esperanzas: una oración verdadera, que lleve la vida al Señor y el Señor a la vida. Y cuando sirváis en la celebración eucarística, allí encontraréis la presencia de Jesús, que se os entrega, para que vosotros os deis a los demás.

Así, disponibles en la vida, mansos de corazón y en constante diálogo con Jesús, no tendréis temor de ser servidores de Cristo, de encontrar y acariciar la carne del Señor en los pobres de hoy.

Jubileo de los diáconos

diaconos28 de mayo de 2016.– Los diáconos de todo el mundo celebran este fin de semana su jubileo, cincuenta años después de la reinstitución del diaconado permanente por el Concilio Vaticano II con la constitución dogmática Lumen Gentium. El encuentro mundial de los diáconos permanentes en Roma -al que muchos de los cuales acudirán con sus familias- brindará también la ocasión de reflexionar sobre su papel y su ministerio, estrechamente unido a las obras de caridad en la vida de la comunidad cristiana.

El jubileo se abrió ayer tarde con un encuentro sobre el tema “El diácono, imagen de la misericordia para la promoción de la nueva evangelización” que tuvo lugar en diversas iglesias de manera que los participantes siguieran la conferencia y el debate en sus respectivos idiomas. Los italianos se reunieron en Santa María en Vallicella y en la basílica de San Andrés della Valle, los ingleses en las basílicas de San Juan Bautista de los Florentinos y de Santa María sobre Minerva (donde se efectuaron las traducciones para los alemanes y los portugueses), los españoles en la basílica de San Marcos Evangelista en el Capitolio. La misma división por idiomas se mantendrá esta tarde durante la catequesis “El diácono: llamado a ser dispensador de caridad en la comunidad cristiana”. Esta mañana, en cambio, de las 9 a las 14 se desarrolla la peregrinación a la Puerta Santa de San Pedro. Mañana el evento jubilar concluirá con la misa presidida por el Santo Padre en la Plaza de San Pedro.

A lo largo de estos tres días los diáconos tienen la posibilidad de participar en la adoración eucarística y en el Sacramento de la Reconciliación en las tres iglesias jubilares (San Salvador en Lauro, Santa María en Vallicella (Chiesa Nuova) y San Juan Bautista de los Florentinos) y están invitados a llevar a cabo su peregrinación personal a las iglesias dedicadas a san Lorenzo mártir, el primer diácono (San Lorenzo en Piscibus, basílica de San Lorenzo en Dámaso, San Lorenzo en Lucina, San Lorenzo en Fonte, San Lorenzo en Panisperna y la basílica de San Lorenzo Extramuros).

(VIS)

Jubileo sacerdotal en Toledo

cristo-sumo-y-eterno-toledo19 de mayo de 2016.- Los sacerdotes de la archidiócesis de Toledo han celebrado su Jubileo especial con motivo del Año de la Misericordia.

El jueves 19 de mayo, fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote desde la delegación diocesana del clero se organizaban varias celebraciones para ganar las Gracias Jubilares.

En la ciudad de Toledo, los actos comenzaban a las 10:30 horas en el Santuario de los Sagrados Corazones. Allí el rector del Santuario, D. Pedro Rodríguez Ramos, ofrecía unos puntos para la oración. A las 11 h. se exponía el Santísimo Sacramento y lo sacerdotes tenían la oportunidad de acercarse al Sacramento de la Penitencia.

A las 12 del mediodía se trasladaban hasta la Catedral Primada a la que accedían por la puerta de Reyes, puerta de la Misericordia en este Año Jubilar. Allí el arzobispo, D. Braulio Rodríguez, presidía la Santa Misa.

En su homilía comentaba la Palabra de Dios proclamada en la celebración. La primera lectura, el cuarto cántico del Siervo de Yavé del profeta Isaías, ese siervo, decía el arzobispo, se identifica con Cristo y nosotros podemos unirnos esa identidad. Estamos centrados en Cristo con todos nuestros fallos, pecados, con tantas incertidumbres, pero con tantos deseos de entregarnos y darnos al Señor. El siervo no se entiende sin un darse.

Como nos duele, decía el arzobispo, cuando Jesús, la vida de la Iglesia, no es atrayente. Animaba a los sacerdotes diciéndoles: no nos separemos del Señor. El sacerdote puede tomar los pecados de muchos e interceder por ellos.

En el evangelio, el relato de institución de la Eucaristía, afirmaba D. Braulio, está la clave de nuestra existencia, no el ser importantes, sino necesarios para la vida del mundo, aunque no se nos reconozca. La Eucaristía es siempre algo nuevo. Nos duele tanto, manifestaba, que los padres de los niños de Primera Comunión piensen sólo en la fiesta y no en que los niños tienen que iniciarse en la Eucaristía del domingo.

Como sacerdotes también podemos hacer “esto”, ofrecerse para la vida del mundo, como Cristo. Nunca debemos dudar del amor de Dios, concluía D. Braulio.

Una reliquia de San Pío de Pietrelcina estaba en el presbiterio durante la celebración de la Eucaristía. Los sacerdotes al término de la misa se acercaron a venerarla.

La otra celebración Jubilar fue en Real Monasterio de Ntra. Sra. de Guadalupe, ésta fue presidida por D. Ángel Rubio Castro, obispo emérito de Segovia.

También se desarrollaron otras celebraciones con motivo de la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote en la archidiócesis de Toledo. El sr. arzobispo, D. Braulio Rodríguez, presidía la Santa Misa en el convento de las Oblatas de Cristo Sacerdote, en el barrio de Santa María de Benquerencia. El Sr. obispo auxiliar, D. Ángel Fernández Collado, presidía la Eucaristía con las Siervas Guadalupanas de Cristo Sacerdote en la casa Sacerdotal de Toledo. También en Almorox hubo una celebración especial con las Auxiliares Parroquiales de Cristo Sacerdote.

Oficina de Información
Arzobispado de Toledo

Audiencia Jubilar: Apiadarse de los que sufren

francisco_audiencia14 de mayo de 2016.- El Santo Padre Francisco dedicó la audiencia jubilar de este sábado a la piedad, entendida como un apiadarse de los que sufren. Más de 15.000 personas escucharon la catequesis del Santo Padre en la Plaza de San Pedro, a pesar de la lluvia y Francisco se lo agradeció, invitándolas como el pasado miércoles a saludar a los enfermos que, debido al mal tiempo, se hallaban en el Aula Pablo VI y participaban en la audiencia a través de las pantallas gigantes. “Os propongo darles la bienvenida con un aplauso -dijo- aunque sé que es difícil aplaudir con el paraguas en la mano”.

“Entre los aspectos de la misericordia -explicó, dando inicio a la catequesis- hay uno que consiste en sentir piedad o apiadarse de los que sufren. La piedad es un concepto que, en el mundo greco-romano indicaba… la devoción debida a los dioses así como el respeto de los hijos a sus padres, especialmente a los ancianos. Hoy, sin embargo, hay que tener cuidado de no confundir la piedad con ese pietismo, bastante generalizado, que es sólo una emoción superficial y ofende la dignidad del otro. Del mismo modo, la piedad no debe confundirse con la compasión que sentimos por los animales, que exagera el interés hacia ellos mientras deja indiferente ante el sufrimiento de los hermanos”.

La piedad de la que hablamos es, en cambio, “una manifestación de la misericordia de Dios. Es uno de los siete dones del Espíritu Santo que el Señor da a sus discípulos para que sean dóciles para obedecer las inspiraciones divinas”. “Muchas veces en los Evangelios -ejemplificó Francisco- encontramos el grito espontáneo que las personas enfermas, endomoniadas, pobres o afligidas dirigían a Jesús: “Ten piedad”. Y El respondía a todos con la mirada de la misericordia y el consuelo de su presencia. En esos gritos de auxilio, o peticiones de piedad, cada uno expresaba también su fe en Jesús llamándole “Maestro”, “Hijo de David” y “Señor”. Intuían que en El había algo extraordinario que podría ayudarles a salir de la triste condición en que se encontraban. Percibían en Él el amor de Dios mismo. Y aunque la multitud se agolpase, Jesús era consciente de esas invocaciones de piedad y se compadecía, especialmente cuando veía a personas que sufrían y heridas en su dignidad, como en el caso de la hemorroísa. Los llamaba a tener fe en El y en su Palabra. Para Jesús, apiadarse equivalía a compartir la tristeza de los que encontraba, pero al mismo tiempo a actuar en primera persona para transformarla en alegría”.

“También nosotros -subrayó el Pontífice al final de la catequesis- estamos llamados a apiadarnos ante tantas situaciones de la vida, sacudiéndonos la indiferencia que nos impide reconocer las necesidades de los hermanos que nos rodean y liberándonos de la esclavitud del bienestar material.Miremos el ejemplo de la Virgen María que se preocupa por cada uno de sus hijos y para nosotros los creyentes, es el icono de la piedad. Dante Alighieri lo expresa en la oración a la Virgen al final del Paraíso. “En ti misericordia, en ti piedad,… en ti se aduna cuanto en la criatura hay de bondad”.

(VIS)

Síntesis y saludo en español de la catequesis del Papa Francisco (30.04.2016)

fran20022016Sábado 30 de abril de 2016

Queridos hermanos y hermanas:

Uno de los aspectos importantes de la misericordia es la reconciliación. Dios nunca nos deja de ofrecer su perdón; no son nuestros pecados los que nos alejan del Señor, sino que nosotros somos, pecando, quienes nos alejamos. Al pecar «le damos la espalda» y crece así la distancia entre él y nosotros. Jesús, como Buen Pastor no se alegra hasta que no encuentra a la oveja perdida. Él reconstruye el puente que nos reconduce al Padre y nos permite reencontrar la dignidad de hijos.

Este Jubileo de la Misericordia es para todos un tiempo favorable para descubrir la necesidad de la ternura y cercanía del Padre y retornar a él con todo el corazón.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los Ordinarios y Delegados Militares, asistentes espirituales y miembros de las fuerzas armadas y de policía, con sus familias, provenientes de Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador, España, Guatemala, Perú, México y República Dominicana.

Invito a todos a que en cada uno de los diversos ambientes en los que se mueven, sean instrumentos de reconciliación y sembradores de paz; y continúen por el camino de la fe abriendo el corazón a Dios Padre misericordioso que no se cansa nunca de perdonar. Ante los retos de cada día, hagan resplandecer la esperanza cristiana, que es certeza de la victoria de amor ante el odio y de la paz ante la guerra. Muchas gracias.

Videomensaje del Santo Padre Francisco con ocasión del Jubileo de los adolescentes

francisco_mensajeSábado 23 de abril de 2016

Queridos muchachos y muchachas:

Estáis reunidos para un momento de fiesta y de alegría. No he logrado poder ir y lo lamento. Y he decidido saludaros con este vídeo. Me hubiera gustado tanto poder ir al Estadio pero no lo he logrado…

Os agradezco haber acogido la invitación para venir a celebrar el Jubileo aquí, en Roma. Esta mañana habéis transformado la Plaza de San Pedro en un gran confesionario y después habéis cruzado la Puerta Santa. No os olvidéis que la Puerta indica el encuentro con Cristo, que nos introduce en el amor del Padre y nos pide que nos volvamos misericordiosos, como Él es misericordioso.

Mañana, además, rezaremos juntos en la Misa. Era justo que hubiera un espacio para estar juntos con alegría y escuchar algunos testimonios importantes, que os pueden ayudar a crecer en la fe y en la vida.

Se que tenéis un pañuelo con las obras de misericordia corporal escritas: hay que meterse en la cabeza estas obras porque son el estilo de vida cristiana. Como sabéis las Obras de misericordia son gestos simples, que pertenecen a la vida de todos los días, permitiendo reconocer el rostro de Jesús en el rostro de tantas personas. ¡También en jóvenes! Jóvenes como vosotros que tienen hambre, sed; que son refugiados o forasteros o enfermos y que solicitan vuestra ayuda, nuestra amistad.

Ser misericordiosos quiere decir ser capaces de perdonar. ¡Y esto no es fácil! Puede suceder que, a veces, en la familia, en la escuela, en la parroquia, en el deporte o en los lugares de diversión alguno pueda hacernos mal y nos sentimos ofendidos; o aún en algún momento de nerviosismo nosotros podemos ofender a los otros. ¡No nos quedemos con el rencor o el deseo de venganza! No sirve para nada: es una polilla que nos come el alma y no nos permite ser felices. ¡Perdonemos Perdonemos y olvidemos el mal recibido, así podremos comprender la enseñanza de Jesús y ser sus discípulos y testigos de misericordia.

Muchachos, cuántas veces me sucede que debo llamar por teléfono a mis amigos, pero no lo logro porque no hay cobertura. Estoy seguro que muchas veces os sucede también a vosotros, que el móvil en algunos lugares no funciona… Bien, acordaros que en vuestra vida si no está Jesús es como si no hubiera cobertura en el móvil. No se logra hablar y uno se cierra en sí mismo. ¡Pongámonos donde siempre hay cobertura! La familia, la parroquia, la escuela, porque en este mundo siempre tenemos alguna cosa buena y verdadera para decir.

Ahora os saludo a todos, os deseo vivir con alegría este momento y os espero a todos mañana a la Plaza de San Pedro. ¡Ciao!